que abrojos siempre lacerada pisa.

Francisco, así pasar vimos aquella

que te arrulló en sus brazos maternales,

y hoy, vestida de luz, los astros huella:

que al tocar del sepulcro los umbrales,

bañó su dulce faz con dulce rayo

la alborada de goces inmortales.

Y así, Damián, en el risueño mayo

de una vida sin mancha, como arbusto

que el aquilón derriba en el Moncayo,