—Señora, no lloréis; que presto seréis tornada en vuestra alegría, con la ayuda de Dios y del Rey e deste caballero vuestro sobrino, e yo, que de grado vos serviré.

Ella dijo:

—Mi buen amigo: vos, que sois caballero de mi hermana, quiero que poséis en mi casa, e allí vos darán las cosas que hobierdes menester.

La mañana venida fueron el rey Perión e su mujer a ver qué hacía el Doncel del Mar, e halláronlo que se levantaba e lavaba las manos, e viéronle los ojos bermejos e las haces mojadas de lágrimas; así que bien parescía que dormiera poco de noche, e sin falta así era, que membrándose de su amiga, considerando la gran cuita que por ella le venía, sin tener ninguna esperanza de remedio, otra cosa no esperaba sino la muerte.

La Reina llamó a Gandalín e díjole:

—Amigo, ¿qué hobo vuestro señor, que me paresce en su semblante ser en gran tristeza? ¿Es por algún descontentamiento que aquí haya habido?

—Señora —dijo él—, aquí recibe él mucha honra y merced; mas él ha así de costumbre que llora dormiendo, así como agora veis que en él parece.

Y en cuanto así estaban, vieron los de la villa muchos enemigos e bien armados cabe sí, e daban voces:

—¡Armas, armas!

El Doncel del Mar fué muy alegre, y el Rey le dijo: