—Buen amigo, nuestros enemigos son aquí.
Y él dijo:
—Armémonos e vayamos los ver.
Y el Rey demandó sus armas y el Doncel las suyas, e desque armados fueron e a caballo, fueron a la puerta de la villa. Como llegaron, dijo el Doncel del Mar:
—Señor, mandadnos abrir la puerta.
Y el Rey, a quien no placía menos de se combatir, mandó que la abriesen, e salieron todos los caballeros. Los irlandeses, que contra sí los vieron venir, aparejáronse de recebirlos, así como aquellos que mucho los desamaban. El Doncel del Mar se firió con un capitán que delante venía, y encontróle tan fuertemente, que a él e al caballo derribó en tierra, e hobo la una pierna quebrada, e quebró la lanza e puso luego mano a su espada, e dejóse correr a los otros como león sañudo, faciendo maravillas en dar golpes a todas partes; así que no quedaba cosa ante la su espada; que a la tierra derribar los facía, a unos muertos e a otros feridos. El rey Perión llegó con toda la gente muy esforzadamente, como aquel que con voluntad de ferirlos gana tenía, e Daganel, jefe de los irlandeses y amigo del rey Abíes, los rescibió con los suyos muy animosamente; así que fueron los unos e los otros mezclados en uno. Allí veríades al Doncel del Mar haciendo cosas extrañas, derribando e matando cuantos ante sí hallaba, que no había hombre que lo osase atender, e metíase en los enemigos, haciendo dellos corro, que parecía un león bravo.
Agrajes cuando le vió estas cosas facer tomó consigo muy más esfuerzo que de ante tenía, e dijo a grandes voces por esforzar su gente:
—Caballeros, mirad al mejor caballero e más esforzado que nunca nasció.
Cuando Daganel vió cómo destruía su gente, fué para el Doncel del Mar, como buen caballero, e quísole ferir el caballo, porque entre los suyos cayese, mas no pudo, e dióle el Doncel tal golpe por cima del yelmo, que por fuerza quebraron los lazos e saltóle de la cabeza. El rey Perión, que en socorro del Doncel del Mar llegaba, dió a Daganel con su espada tal herida, que lo hendió fasta los dientes. E yendo así heriendo en los enemigos el rey Perión e su compaña, no tardó mucho que paresció el rey Abies de Irlanda con todos los suyos, y venía diciendo:
—Agora a ellos; no quede hombre que no matéis.