El rey Abies no dejó caballero en la silla en cuanto le duró la lanza, y desque la perdió echó mano a su espada e comenzó a herir con ella tan bravamente, que a sus enemigos hacía tomar espanto. De manera que los del rey Perión, no lo pudiendo ya sufrir, retraíanse contra la villa.
Cuando el Doncel del Mar vió que la cosa se paraba mal, comenzó de facer con mucha saña mejor que antes, porque los de su parte no huyesen con desacuerdo, e metíase entre la una gente y la otra; y firiendo e matando en los de Irlanda, daba lugar a los suyos que las espaldas del todo no volviesen. Agrajes y el rey Perión, que lo vieron en tan gran peligro e tanto hacer, quedaron siempre con él; así que todos tres eran amparo de los suyos.
El rey Abies mucho pesar hobo de Daganel e los demás de su ejército que supo que eran muertos; y llegó a él un caballero de los suyos e díjole:
—Señor, ¿vedes aquel caballero del caballo blanco? No hace sino maravillas, y él ha muerto vuestros capitanes e otros muchos.
Esto decía por el Doncel del Mar. El rey Abies se llegó más e dijo:
—Caballero, por vuestra venida es muerto el hombre del mundo que yo más amaba; pero yo haré que lo compréis caramente, si os queréis más combatir.
—Si vos queréis vengar como caballero ese que decís —dijo el Doncel del Mar— e mostrar la gran valentía de que sois loado, escoged en vuestra gente los que más os contentaren, e yo en la mía, e seyendo iguales, podríades ganar más honra que no con mucha sobra de gente e soberbia demasiada venir a tomar lo ajeno sin causa ninguna.
—Pues agora decid —dijo el rey Abies— de cuántos queréis que sea la batalla.
—Pues que en mí lo dejáis —dijo el Doncel— moveros he otro partido, e podrá ser que más os agrade. Vos tenéis saña de mí por lo que he fecho, e yo de vos por lo que en esta tierra hacéis; pues en nuestra culpa no hay razón por qué ninguno otro padezca, y sea la batalla entre mí e vos, e luego si quisierdes, con tal que vuestra gente asegure, e la nuestra también, de se no mover hasta el fin della.
—Así sea —dijo el rey Abies; e fizo llamar diez caballeros, los mejores de los suyos, e con otros diez que el Doncel del Mar dió, aseguraron el campo, que por mal ni por bien que les aconteciese no se moverían.