Concertada la batalla para el día siguiente, el Doncel del Mar entró por la villa con el rey Perión e Agrajes, y levaba la cabeza desarmada, e todos decían:

—¡Ay, buen caballero, Dios te ayude y dé honra que puedas acabar lo que has comenzado! ¡Ay, qué hermosura de caballero! En éste es caballería bien empleada, pues que sobre todos la mantiene en la su grande alteza.

Otro día de mañana la Reina se vino a ellos con todas sus damas, e hallólos hablando con el Rey, e comenzóse la misa, e dicha, armóse el Doncel del Mar, no de aquellas armas que en la lid el día ante trajera, que no quedaron tales que pudiesen algo aprovechar, más de otras muy más hermosas y fuertes. E despedido de la Reina e de las dueñas e doncellas, cabalgó en un caballo holgado que a la puerta le tenían, y el rey Perión le llevaba el yelmo e Agrajes el escudo. E saliendo por la puerta de la villa, vieron al rey Abies sobre un caballo negro, todo armado. Los de la villa e los de la hueste todos se ponían donde mejor la batalla ver pudiesen, y el campo era ya señalado, el palenque hecho con muchos cadahalsos en derredor dél. Y desque ambos tomaron sus armas, salieron todos del campo, encomendando a Dios cada uno el suyo, y se fueron acometer sin ninguna detenencia a gran correr de los caballos, como aquellos que eran de gran fuerza e corazón. A las primeras heridas fueron todas sus armas falsadas, y quebrando las lanzas, juntáronse uno con otro, así los caballos como ellos, tan bravamente, que cada uno cayó a su parte, e todos creyeron que eran muertos, e los trozos de las lanzas tenían metidos por los escudos, que los hierros llegaban a las carnes; mas como ambos fuesen muy ligeros e vivos de corazón, levantáronse presto, e quitaron de sí los pedazos de las lanzas, y echando mano a las espadas, se acometieron tan bravamente que los que al derredor estaban habían espanto de los ver. La batalla era entre ellos tan cruel e con tanta priesa, sin se dejar holgar, e los golpes tan grandes, que no parescían sino de veinte caballeros. Ellos cortaban los escudos, haciendo caer en el campo grandes rajas, e abollaban los yelmos y desguarnecían los arneses, de manera que lo más cortaban en sus carnes; e salía dellos tanta sangre, que sostenerse era maravilla; mas tan grande era el ardimento que consigo traían, que cuasi dello no se sentían.

Así duraron en esta primera batalla fasta hora de tercia, que nunca se pudo conocer en ellos flaqueza ni cobardía, sino que con mucho ánimo se combatían. El rey Abies, como muy diestro fuese por el gran uso de las armas, combatíase muy cuerdamente, guardándose de los golpes e hiriendo donde más podía dañar. Las maravillas que el Doncel hacía en andar ligero e acometedor y en dar muy duros golpes, le puso en desconcierto todo su saber, e a mal de su grado, no le pudiendo ya sofrir, perdía el campo. Tanto fué aquejado, que volviendo casi las espaldas, andaba buscando alguna guarida con el temor de la espada, que tan crudamente la sentía; pero como vió que no había sino muerte, volvió, tomando su espada con ambas las manos, y dejóse ir al Doncel, cuidándolo ferir por cima del yelmo, y él alzó el escudo donde rescibió el golpe, e la espada entró tan dentro por él, que la no pudo sacar; e tirándose afuera, dióle el Doncel del Mar en descubierto en la pierna izquierda tal herida, que la mitad della fué cortada, y el Rey cayó tendido en el campo.

El Doncel fué sobre él, e tirándole el yelmo, díjole:

—Muerto eres, rey Abies, si te no otorgas por vencido.

Él dijo:

—Verdaderamente muerto soy, mas no vencido, e bien creo que me mató mi soberbia, e ruégote que me fagas segura mi compaña, sin que daño reciban, y llevarme han a mi tierra, e yo perdono a ti e a los que mal quiero, e mando entregar al rey Perión cuanto le tomé, e ruégote que me hagas haber confisión, que muerto soy.

Muerto el rey y partidos los irlandeses con su cadáver, la Doncella de Dinamarca, enviada por Oriana, y que había visto el final de la pelea, entregó al Doncel del Mar el pergamino en que iba escrito su nombre y le dió el recado de su señora de que lo antes que pudiera se partiera para la Gran Bretaña. E leyendo el Doncel del Mar la carta, conoció por ella que el su derecho nombre era Amadís. Acabada la habla, fué tomado el Doncel del Mar por el rey Perión e Agrajes e los otros grandes de su partida, e sacado del campo con aquella gloria que los vencedores en tales autos levar suelen, y entrando por la villa, decían todos:

—Bien venga el caballero bueno, por quien habemos cobrado honra e alegría.