—Dueña, ¿cómo guardastes tan mal cosa que tanto a tal tiempo nos convenía?

—Señor —dijo ella— no sé qué diga en ello, sino que el arqueta hallé cerrada; e yo he tenido la llave, sin que de persona la haya fiado; pero dígovos tanto, que esta noche me pareció que vino a mí una doncella, e díjome que le mostrase el arqueta, e yo en sueños gela mostraba, y demandábame la llave, e dábagela, y ella abría el arqueta e sacaba della el manto e la corona, e tomando a cerrar, ponía la llave en el lugar que ante estaba, e cobríase el manto e ponía la corona en la cabeza, pareciéndole tan bien, que muy gran sabor sentía yo en la mirar; e decíame: “Aquel y aquella cuyo será, reinará ante de cinco días en la tierra del poderoso que se agora trabaja de la defender e de ir conquistar las ajenas tierras.” Y desapareció ante mí, llevando la corona y el manto; pero dígovos que no puedo entender si esto me avino en sueños o en verdad.

El Rey lo tovo por gran maravilla e dijo:

—Agora vos dejad ende y no lo habléis con otro.

Y saliendo ambos de la tienda, se fueron a la otra, acompañados de tantos caballeros y dueñas e doncellas, que por maravilla lo toviera cualquiera que lo viese, y sentóse el Rey en una muy rica silla, e la Reina en otra algo más baja, que en un estrado de paños de oro estaban puestas; e a la parte del Rey se pusieron los caballeros, y de la Reina sus dueñas e doncellas, e los que más cerca del Rey estaban eran cuatro caballeros que él más preciaba; el uno Amadís y el otro Galaor, e Agrajes e Galvanes Sintierra.

CAPÍTULO NOVENO

LOS ARDIDES DE ARCALAUS

Con tal compaña estando el rey Lisuarte, en tanto placer como oídes, queriendo ya la fortuna comenzar su obra con que aquella gran fiesta en turbación puesta fuese, entró por la puerta del palacio una doncella asaz hermosa, cubierta de luto, e fincando los hinojos ante el Rey, le dijo:

—Señor, todos han placer, sino yo sola, que he cuita e tristeza, e la no puedo perder sino por vos.