—Amiga —dijo el Rey—, ¿qué cuita es esa que habéis?
Entonces la doncella refirió, llorando, que su padre sufría injusta prisión de que sólo podían hacerle libre los dos mejores caballeros del mundo. Tanto impresionaron sus palabras y lágrimas a la Reina y al Rey, que le dieron a don Galaor y a Amadís para que fueran a libertar al prisionero, ya que otros mejores caballeros en parte alguna se podrían hallar.
Armados éstos e despedidos del Rey e de sus amigos, entraron en el camino con la doncella. Así andovieron por donde la doncella los guiaba fasta ser medio día pasado, que entraron en la floresta que Malaventurada se llamaba, porque nunca entró en ella caballero andante que buena dicha ni ventura hobiese; e tanto que alguna cosa comieron de lo que sus escuderos levaban, tornaron a su camino fasta la noche, que facía luna clara. La doncella se aquejaba mucho, e no facía sino andar.
Amadís le dijo:
—Doncella, ¿no queréis que folguemos alguna pieza?
—Quiero —dijo ella—; mas será adelante, donde hallaremos unas tiendas con tal gente, que mucho placer vuestra vista les dará.
Siguieron caminando y llegaron, en efecto, a unas tiendas donde, a pretexto de que descansaran, desarmaron a los caballeros, y ya sin armas, estando separados Amadís y don Galaor, cada cual en tienda diferente, cayó sobre ellos una gran partida de gentes de guerra, que al cabo de descomunal combate lograron dominarlos y prenderlos. Los llevaron amarrados, los días siguientes, hacia el lugar donde pensaban darles muerte; pero Galaor, a fuerza de astucia y malicia, consiguió librarse de sus cadenas y libertar a su hermano, tras lo cual y a más andar, retornaron los dos por el camino de Londres.
Estando el rey Lisuarte e la reina Brisena, su mujer, en sus tiendas con muchos caballeros e dueñas e doncellas, al cuarto día que de allí partieran Amadís e don Galaor, su hermano, entró por la puerta el caballero que el manto e la corona le dejara, como ya oístes; e fincando los hinojos ante el Rey, le dijo:
—Señor, ¿cómo no tenéis la fermosa corona que yo vos dejé, e vos, señora, el rico manto?
El Rey se calló, que ninguna respuesta le quiso dar, y el caballero dijo: