—Mucho me place que os no pagastes della, pues que me quitarán de perder la cabeza o el don que por ello me habíades a dar; e pues así es, mandádmelo dar, que no me puedo detener en ninguna guisa.

Cuando esto oyó el rey, pesóle fuertemente e dijo:

—Caballero, el manto ni la corona no os lo puedo dar, que lo he todo perdido; mas me pesa por vos, que tanto os hacía menester, que por mí, aunque mucho valía.

—¡Ay, cativo! Muerto so —dijo el caballero.

E comenzó a hacer un duelo tan grande, que maravilla era, diciendo:

—¡Cativo de mí sin ventura! Muerto soy de la peor muerte; que nunca murió caballero que la tan poco mereciese.

E caíanle las lágrimas por las barbas, que eran blancas como la lana blanca. El Rey hobo dél gran piedad e díjole:

—Caballero, no temáis de vuestra cabeza; que toda cosa que yo haya vos la habréis para la guarecer; que así os lo he prometido e así lo terné.

El caballero se le dejó caer a sus pies para gelos besar, mas el Rey lo alzó por la mano e dijo:

—Ahora pedid lo que os placerá.