—Señor —dijo él—, verdad es que me hobistes a dar mi manto e mi corona, o lo que por ello vos pidiese; e Dios sabe, señor, que mi pensamiento no era demandar lo que agora pediré; e si otra cosa para mi remedio en el mundo hobiese, no os enojaría en ello; mas no puedo hi al hacer. A vos pesará de me lo dar, e a mí de lo recebir.
—Agora demandad —dijo el Rey—; que tan cara cosa no será que yo haya que la vos no hayades.
Entonces el caballero dijo:
—Señor, yo no podría ser quito de muerte sino por mi corona e mi manto, o por vuestra fija Oriana; e agora me dad dello lo que quisierdes; que yo más querría lo que os di.
—¡Ay, caballero! —dijo el Rey—, mucho me habéis pedido.
E todos hobieron muy gran pesar, que más ser no podía; pero el Rey, que era el más leal del mundo, dijo:
—No vos pese; que más conviene la pérdida de mi hija que falta de mi palabra, porque lo uno daña a pocos e lo otro al general.
E mandó que luego le trajesen allí su fija.
Cuando la Reina e las dueñas e doncellas esto oyeron comenzaron a fazer el mayor duelo del mundo; mas el Rey las mandó acoger a sus cámaras, e mandó a todos los suyos que no llorasen, so pena de perder su amor. En esto llegó la muy fermosa Oriana ante el Rey como atónita, y cayéndole a los pies, le dijo:
—Padre, señor, ¿qué es esto que queréis facer?