—Fágolo —dijo el Rey— por no quebrar mi palabra.

E dijo contra el caballero:

—Veis aquí el don que pedistes; ¿queréis que vaya con ella otra compaña?

—Señor —dijo el caballero—, no traigo comigo sino dos caballeros e dos escuderos, aquellos con que vine a vos a Vindilisora, e otra compaña no puedo llevar; mas yo vos digo que no ha de qué temer fasta que la yo ponga en la mano de aquel a quien la he de dar.

—Vaya con ella una doncella —dijo el Rey— si quisierdes, porque más honra e honestidad sea, e no vaya entre vos sola.

El caballero lo otorgó.

Cuando Oriana esto oyó cayó amortecida; mas esto no hobo menester, que el caballero la tomó entre sus brazos, e llorando, que parecía hacerlo contra su voluntad, e dióla a un escudero que estaba en un rocín muy grande e mucho andador; e poniéndola en la silla, se puso él en las ancas, e dijo el caballero:

—Tenedla, no caya, que va tollida; e Dios sabe que en toda esta corte no ha caballero que más pese que a mí deste hecho.

Y el Rey fizo venir la doncella de Denamarca e mandóla poner en un palafrén, e dijo:

—Id con vuestra gran señora, e no la dejéis por mal ni por bien que vos avenga en cuanto con ella os dejaren.