—¡Ay, cativa! —dijo ella—, nunca cuidé hacer tal ida.

E luego movieron ante el Rey; y uno de los caballeros que muy membrudo era, tomó a Oriana por la rienda; e sabed que este era Arcalaus el Encantador; e al salir del corral sospiró Oriana muy fuertemente, como si el corazón se le partiese, e dijo así como tollida:

—¡Ay, buen amigo!, por esto somos vos e yo muertos.

Mabilia, que a unas finiestras estaba haciendo muy grande duelo, vió cerca del muro pasar a Ardian, el enano de Amadís, que iba en un gran rocín e ligero, e llamólo con gran cuita que tenía, e dijo:

—Ardian, amigo, si amas a tu señor, no huelgues día ni noche hasta que lo falles e le cuentes esta mala ventura que aquí es fecha; e si lo no faces, serle-ías traidor; que es cierto que él lo querría agora más saber que haber esta cibdad por suya.

—¡Por santa María! —dijo el enano—, él lo sabrá lo más ahína que ser pudiere.

E dando del azote al rocín, se fué por el camino que viera ir a su señor a más andar.

CAPÍTULO DÉCIMO

LA PRISIÓN DEL REY

Mas agora os contaremos lo que a esta sazón aconteció al Rey. Lisuarte había salido a la entrada de la floresta por donde eran idos los caballeros que llevaban a Oriana, para impedir que ninguno de los suyos pudiera ir a arrebatársela, que así con aquéllos lo había concertado, cuando vió venir la doncella a quien él había el don prometido; e venía en un palafrén que andaba ahína, e traía a su cuello una espada muy bien guarnida, e una lanza con un fierro muy hermoso, e la asta pintada; e llegando al Rey, le dijo: