—Señor, Dios vos salve e dé alegría e corazón que me atengáis lo que me prometistes en Vindilisora ante vuestros caballeros.

—Doncella —dijo el Rey—, yo había más menester alegría de la que tengo; mas, como quier que esto sea, bien me miembra lo que os dije, e así lo compliré.

—Señor —dijo ella—, con esa esperanza vengo yo a vos como al más leal rey del mundo, e agora me vengad de un caballero que va por esta floresta, que mató a mi padre al mayor aleve del mundo y encantóle de tal guisa, que no puede morir si el más honrado hombre del reino de Londres no le da un golpe con esta lanza e otro con esta espada. E yo sé que si por vuestra mano no, que el más honrado sois, por otro no puede ser muerto.

—En el nombre de Dios —dijo el Rey— yo quiero ir con vos.

E mandó traer sus armas e armóse ahína, e cabalgó en su caballo, que él mucho preciaba, e la doncella le dijo que ciñese la espada que ella traía; y él, dejando la suya, que era la mejor del mundo, tomó la otra y echó su escudo al cuello. E la doncella le llevó el yelmo e la lanza pintada, e fuése con ella, defendiendo a todos que ninguno fuese tan osado que tras él pensase de ir.

E así andovieron un rato por la carrera; mas la doncella gela hizo dejar, e guió por otra parte, cerca de unos árboles e allí vió estar el Rey un caballero todo armado sobre un caballo negro, e al cuello un escudo verde, el yelmo otro tal. La doncella dijo:

—Señor, tomad vuestro yelmo; que vedes allí el caballero que vos dije.

Él lo enlazó luego, e tomando la lanza, dijo:

—Caballero soberbio e de mal talante, agora os guardad.

E abajando la lanza, y el caballero la suya, se dejaron correr contra sí cuanto los caballos los podían llevar, e firiéronse de las lanzas en los escudos; así que luego fueron quebradas, e la del Rey quebró tan ligero, que sólo no la sintió en la mano, e cuidó que fallesciera de su golpe, e puso mano al espada, e el caballero a la suya, e firiéronse por cima de los yelmos, e la espada del caballero entró bien la media por el yelmo del Rey, mas la del Rey quebró luego por cabe la manzana, e cayó el fierro en el suelo. Entonces conoció que era traición, y el caballero le comenzó a dar golpes por todas partes a él e al caballo; e cuando el Rey vió que el caballo le mataba fuése a abrazar con él, y el otro asimismo con él, e tiraron por sí tan fuerte, que cayeron en tierra, y el caballero cayó debajo, y el Rey tomó la espada que el otro perdiera de la mano, e comenzóle a dar con ella los mayores golpes que podía. La doncella, que esto vió, dió grandes voces, diciendo: