—¡Ay, Arcalaus!; acorre, que mucho tardas, e dejas morir tu cohermano.

Cuando el Rey así estaba por matar el caballero, oyó un grande estruendo, e volvió la cabeza e vió diez caballeros que contra él venían corriendo, e uno venía delante, diciendo a grandes voces:

—Rey Lisuarte, muerto eres; que nunca un día reinarás ni tomarás corona en la cabeza.

Cuando esto oyó el Rey fué muy espantado, e temióse de ser muerto, e dijo con gran esfuerzo, que siempre tuvo e tenía:

—Bien puede ser que moriré, pues tanta ventaja me tenéis; mas todos moriréis por mí, como traidores e falsos que sois.

Atacáronlo todos juntos, y aunque Lisuarte se defendió con bravura e hirió a varios de ellos, acabaron por desarmarlo y echarle una gruesa cadena a la garganta, en que había dos ramales, e ficiéronle cabalgar en un palafrén; e tomándole sendos caballeros por los ramales, comenzáronse de ir con él; e llegando entre los árboles, en un valle hallaron a Arcalaus, que tenía a Oriana e a la doncella de Denamarca; y el caballero que iba ante el Rey, dijo:

—Cohermano, vedes aquí el rey Lisuarte.

—Cierto —dijo él—; buena venida fué ésta, e yo haré que nunca dél tema ni de los de su casa.

—¡Ay, traidor! —dijo el Rey—; bien sé yo que harías tú toda traición.

Así movieron todos de consuno por aquella carrera, que se partía en dos lugares, e Arcalaus llamó a un su doncel e díjole: