—Yo te dejaré este mi escudero que te ayude, e dame ese caballo; e prométote de darte dos caballos mejores por él.

El escudero gelo otorgó. Amadís subió en el caballo, que era muy hermoso, e partiendo de allí, comenzó de se ir por el camino cuanto podía; e hallóse ya cerca del día en un valle donde vió una ermita, e fué allá por saber si moraba hi alguno; e hallando un ermitaño, le preguntó si pasaran por allí cinco caballeros que llevaban dos doncellas.

—Señor —dijo el hombre bueno—, no pasaron que los yo viese; mas ¿vistes vos un castillo que allá queda?

—No —dijo Amadís—; e ¿por qué lo decís?

—Porque —dijo él— agora se va de aquí un doncel mi sobrino, que me dijo que albergara hí Arcalaus el Encantador, e traía unas hermosas doncellas forzadas.

—Por Dios —dijo Amadís—, pues ese traidor busco yo.

—Cierto —dijo el ermitaño—, él ha hecho mucho mal en esta tierra; mas ¿no traéis otra ayuda?

—No —dijo Amadís—, sino la de Dios.

—Señor —dijo el ermitaño—, ¿no decís que son cinco, e Arcalaus, que es el mejor caballero del mundo e más sin pavor?

—Sea él cuanto quisiere —dijo Amadís—; que él es traidor e soberbio, e así lo serán los que le aguardan, e por esto no les dudaré. Ruégovos que me hayáis mientes en vuestras oraciones, e mostradme el camino que al castillo guía.