El hombre bueno gelo mostró, e Amadís anduvo tanto, que llegó a él, e vió que había el muro alto e las torres espesas; e llegóse a él, mas no oyó hablar a ninguno dentro, e plúgole, que bien cuidó que Arcalaus no sería aún salido, e anduvo el castillo al rededor, e vió que no había más de una puerta.

Entonces se tiró afuera entre unas peñas, e apeándose del caballo, tomóle por la rienda y estuvo quedo, teniendo siempre los ojos en la puerta, como aquel que no había sabor de dormir. A esta sazón rompía el alba, e cabalgando en su caballo tiróse más afuera por un valle; que hobo recelo, si visto fuese, de poner sospecha que no saldrían los del castillo, cuidando ser más gente, e subió en un otero cubierto de grandes y espesas matas. No tardó mucho que vió salir a Arcalaus e sus cuatro compañeros muy bien armados, y entre ellos la muy hermosa Oriana, e dijo:

—¡Ay, Dios!; agora e siempre me ayude e me guíe en su guarda.

Oriana iba diciendo:

—Amigo señor, ya nunca os veré, pues que ya se me llega la mi muerte.

Amadís decendiendo del otero lo más ahína que él pudo, entró con ellos en un gran campo e dijo:

—¡Ay, Arcalaus traidor!; no te conviene llevar tan buena señora.

Oriana, que la voz de su amigo conoció, estremecióse toda; mas Arcalaus e los otros se dejaron a él correr, y él a ellos, e firió a Arcalaus, que delante venía, tan duramente, que lo derribó en tierra por sobre las ancas del caballo, e los otros le firieron, e dellos fallecieron de sus encuentros; e Amadís pasó por ellos, e tomando muy presto su caballo, firió al señor del castillo, que era uno dellos, de tal guisa que el fierro y el fuste de lanza le salió de la otra parte, e cayó luego muerto, e fué la lanza quebrada. Después metió mano a la espada, e dejóse ir a los otros, e metióse entre ellos tan bravo e con tanta saña, que por maravilla era los golpes que les daba; e así le crecía la fuerza y el ardimiento en andar valiente e ligero, que le parecía, si el campo todo fuese lleno de caballeros, que le no podían durar e defender ante la su buena espada.

Haciendo estas maravillas que oídes, dijo la doncella de Denamarca contra Oriana:

—Señora, acorrida sois, pues aquí es el caballero bienaventurado, e mirad las maravillas que hace.