Oriana dijo entonces:
—¡Ay, amigo! Dios vos ayude e guarde; que no hay otro en el mundo que nos acorra ni más valga.
El escudero que la tenía el rocín, poniéndola en tierra, se fué huyendo cuanto más pudo. Amadís, que entre ellos andaba, trayéndolos a su voluntad, dió al uno un tal golpe en el brazo, que gelo derribó en tierra; éste comenzó de huír, dando voces con la rabia de la muerte, e fué para otro que ya el yelmo de la cabeza le derribara, e hendióle hasta el pescuezo. Cuando el otro caballero vió tal destruición en sus compañeros, comenzó de huír cuanto más podía. Amadís, que movía en pos dél, oyó dar voces a su señora, e tornando presto, vió a Arcalaus, que ya cabalgara, e que tomando a Oriana por el brazo, la pusiera ante sí, e se iba con ella cuanto más podía. Amadís fué en pos dél sin detenencia ninguna, e alcanzólo por aquel gran campo; e alzando la espada por lo herir, sufrióse de le dar gran golpe, que la espada era tal, que cuidó que mataría a él e a su señora; e dióle por cima de las espaldas, que no fué de toda su fuerza; pero derribóle un pedazo de la loriga e una pieza del cuero de las espaldas.
Entonces dejó Arcalaus caer en tierra a Oriana por se ir más ahína, que se temía de muerte; y su caballo comenzó de correr de tal forma, que en poca de hora se alongó gran pieza. Amadís, comoquiera que lo mucho desamase e desease matar, no fué más adelante por no perder a su señora, e tornóse donde ella estaba; e descendiendo de su caballo, se le fué fincar de hinojos delante e le besó las manos, diciendo:
—Agora haga Dios de mí lo que quisiere; que nunca, señora, os cuidé ver.
Ella estaba tan espantada, que le no podía hablar, e abrazóse con él, que gran miedo había de los caballeros muertos que cabe ella estaban. E así estando, como oís, sentado Amadís cabe su señora, que no tenía esfuerzo para se levantar, llegó Gandalín, que toda la noche andoviera, e había dejado el caballero muerto en una ermita, con que gran placer hobieron, y tomando los caballos de los caballeros vencidos se pusieron todos camino de Londres.
CAPÍTULO DUODÉCIMO
LAS PROEZAS DE DON GALAOR
Partido don Galaor de Amadís, su hermano, como ya oístes, entró en el camino por donde llevaban al Rey, e cuidóse de andar cuanto más pudo, como aquel que había grande cuita de los alcanzar; e no tenía mientes en cosa que viese sino en su rastro; e así anduvo hasta hora de vísperas, que entró en un valle, e halló en él la huella de los caballos donde habían parado. Entonces siguió aquel rastro cuanto el caballo lo podía llevar, que le pareció que no podían ir lueñe; mas no tardó mucho que vió ante sí un caballero todo bien armado en un buen caballo, que a él salió e le dijo:
—Estad, señor caballero, e decidme qué cuita os hace así correr.