—Por Dios —dijo Galaor—, dejadme de vuestra pregunta, que me detengo con vos, en que mucho mal puede venir.
—¡Por santa María! —dijo el caballero—, no pasaréis de aquí hasta que me lo digáis o vos combatáis comigo.
E Galaor no hacía en esto sino irse; y el caballero del valle le dijo:
—Cierto, caballero, vos fuídes habiendo hecho algún mal, e agora vos guardad, que saberlo quiero.
Entonces fué a él con su lanza bajada, y el caballo al más correr. E Galaor que el caballo más diestro traía, guardóse del encuentro, echándose a un lado, e no hacía sino ir adelante cuanto podía andar. El caballero, que su caballo tan presto tener no pudo, cuando tornó vió que Galaor se le había alongado gran pieza, e dijo:
—Si me Dios ayude, no me vos iréis así.
Y él, que sabía bien la tierra, tomó por un atajo e fuésele poner en un paso.
Galaor, que lo vió, mucho le pesó, y el caballero le dijo:
—Cobarde, malo, sin corazón; agora escoged de tres cosas cual quisierdes: o que os combatáis, o vos tornad, o me decid lo que os pregunto.
—De cualquier me pesa —dijo Galaor—, mas no hacéis como cortés, que yo no me tornaré, e si me combatiere, no será a mi placer; mas si queréis saber la priesa que llevo, seguidme y verlo heis, porque me deternía mucho en vos lo contar, e a la cima no me creeríades; tanto es de mala ventura.