—En el nombre de Dios —dijo el caballero— agora pasad, e dígovos que no iréis este tercero día sin mí.
Galaor pasó adelante, y el caballero en pos dél. Por el camino toparon con otro caballero, que resultó pariente del que venía siguiendo a don Galaor, a quien dió aquél cuenta de lo que con don Galaor le venía sucediendo, y acordaron irse los dos en su seguimiento. A esta hora era ya cerca de la noche. Galaor entró en una floresta, e con la noche perdió el rastro, e no sabía a cuál parte ir. Estonces comenzó a pedir merced a Dios que lo guiase e anduvo escuchando de un cabo y de otro por unos valles, mas no oía nada. Descansó con unos arrieros parte de la noche y al alba fuése derecho a un otero alto, e desde allí comenzó de mirar la tierra a todas partes. Estonces los dos cohermanos que lo seguían vieron a Galaor, e conociéronlo en el escudo, e fueron contra él; mas ellos, en moviendo, viéronlo decender del otero cuanto su caballo lo podía llevar, y el uno dijo:
—Ya nos vió e fuye; cierto, yo cuido que por alguna mala ventura anda así fuyendo y encubriéndose; vayamos tras él.
Mas don Galaor, que muy lejos de su cuidar estaba, viera ya pasar los caballeros un paso que a la salida de la floresta había, e los cinco pasaban adelante, e los otros cinco después, y en medio dellos iban hombres desarmados, y él cuidó que aquellos eran los que al Rey llevaban, e fué contra ellos tal como aquel que ya su muerte por salvar la vida ajena tenía ofrecido; e seyendo cerca dellos, vió al Rey metido en la cadena, e hobo dél tal pesar, que no dudando la muerte, se dejó correr a los cinco que delante venían e dijo:
—¡Ay, traidores! Por vuestro mal posistes mano en el mejor hombre del mundo.
E los cinco vinieron contra él; mas él hirió al primero por los pechos en guisa que el fierro con un pedazo de la asta le salió a las espaldas, e dió con él muerto en tierra; e los otros le firieron tan fuerte, que el caballo ficieron con él hinojar, y el uno le metió la lanza por entre el pecho y el escudo, e perdiéndola, la tomó Galaor, e fué herir al otro con ella en la cuxa de la pierna, e falsóle el arnés e la pierna, y entró la lanza por el caballo; así que el caballero fué tollido e allí quebró la lanza, e poniendo mano a la espada vió venir todos los otros contra sí, y él se metió entre ellos tan bravo, que no ha hombre que de verlo no se espantase cómo podía sofrir tantos y tales golpes como le daban; y estando en esta gran priesa y peligro, por ser los caballeros muchos, quísole Dios acorrer con los dos cohermanos que lo seguían, que cuando así lo vieron mucho fueron maravillados de tan gran bondad de caballero, e dijo el que en pos dél iba:
—Cierto, sin razón culpábamos aquél de cobarde, e vámosle socorrer en tan gran priesa.
—¿Quién haría al —dijo el otro— sino acorrer al mejor caballero del mundo? Y no creáis que tantos hombres acomete sino por algún gran hecho.
Entonces se dejaron ir a gran correr de los caballos, e fuéronlos ferir muy bravamente, como aquellos que eran muy esforzados e sabidores de aquel menester, e dígovos que el primero había nombre Ladasín el Esgremidor y el otro don Guilán el Cuidador. A esta sazón había ya menester Galaor mucho su ayuda; que el yelmo había tajado por muchos lugares e abollado, y el arnés roto por todas partes, y el caballo llagado, que cerca andaba de caer; mas por eso no dejaba él de hacer maravillas e dar tan grandes golpes a los que alcanzaba, que a duro lo osaban atender; e cuidaba que si su caballo no le falleciese, que le no durarían, que a la fin no los matase; mas seyendo llegados los dos cohermanos, como ya oístes, estonces se le paraba a él mejor el pleito; que ellos se combatían tan bien e con tan gran esfuerzo, que él se maravilló mucho; e fué tan grande la priesa que les dió, e los cohermanos en su ayuda, que en poca de hora fueron todos muertos e vencidos.