De allí a algún tiempo, regresando Amadís con Agrajes, don Galaor y don Florestán, hijo también del rey Perión de Gaula, de restablecer en el trono del reino de Sobradisa a la hermosa niña Briolanja, que traidoramente había sido desposeída de él por un pariente suyo, hallaron en despoblado una doncella, acompañada de criadas y escuderos, la cual les preguntó adónde era su camino. Amadís le dijo:

—Doncella, a casa del rey Lisuarte imos, e si allá vos place ir, acompañar vos hemos.

—Mucho vos lo agradezco —dijo ella—, mas yo voy a otra parte, e porque vos vi andar así armados como los caballeros que las aventuras demandan, acordé de os atender si querría ir alguno de vosotros a la Ínsola Firme por ver las extrañas cosas e maravillas que hí son, que yo allá voy, e soy fija del gobernador que agora la ínsola tiene.

—¡Oh santa María! —dijo Amadís—; por Dios, muchas veces oí decir de las maravillas de esa ínsola, et por dichoso me ternía de las ver, e hasta agora no se me aparejó.

—Buen señor, no os pese por lo haber tardado —dijo ella—, que otros muchos tovieron ese deseo, e cuando lo pusieron en obras no salieron de allí tan alegres como entraron.

—Verdad decís —dijo él—, según lo que dende he oído; mas decidme: ¿Rodearíamos mucho de nuestro camino si por ende fuésemos?

—Rodearíades dos jornadas —dijo la doncella.

Entonces movieron todos cuatro juntos con la doncella camino de la Ínsola Firme.

El sabio Apolidón, hijo de un rey de Grecia, había vivido allí largos años en la mayor felicidad, con su esposa Grimanesa. Al cabo, siendo él elegido emperador, hubieron de dejar, con gran pena, la ínsola en que tan dichosos habían sido, tan bellos edificios habían hecho y tan grandes riquezas habían acumulado; mas Grimanesa, habiendo gran mancilla que una cosa tan señalada como lo era aquella ínsola, donde tales y tan grandes cosas quedaban, poseída por aquel su grande amigo, el mejor caballero en armas que en el mundo se hallaba, e por ella, que por el semejante sobre todas las de su tiempo su gran hermosura loada era; e junto con esto ser amados de sí mesmos en la mesma perfeción que del amor alcanzar se puede, rogó a Apolidón que antes de su partida dejase allí, por su gran saber, cómo en los venideros tiempos aquel lugar señoreado no fuese sino por persona que así en fortaleza de armas como en lealtad de amores y de sobrada fermosura a ellos entrambos pareciese.

Apolidón le dijo: