—Mi señora, pues que así os place, yo lo haré de guisa que de aquí ningún señor ni señora ser pueda sino aquellos que más señalados en lo que habéis dicho sean.
Entonces hizo un arco a la entrada de una huerta en que árboles de todas naturas había, e otrosí había en ella cuatro cámaras ricas de extraña labor, y era cercada de tal forma, que ninguno a ella podía entrar sino por debajo del arco; encima dél puso una imagen de hombre de cobre, y tenía una trompa en la boca como que quería tañer; e dentro en el un palacio de aquellos puso dos figuras a semejanza suya y de su amiga, tales que vivas parecían, las caras propriamente como las suyas y su estatura, y cabe ellas una piedra jaspe muy clara; e fizo poner un padrón de fierro de cinco codos en alto a un medio trecho de ballesta en un campo grande que ende era, e dijo: “De aquí adelante no pasará ningún hombre ni mujer si hobieren errado a aquellos que primero comenzaron a amar, porque la imagen que vedes tañerá aquella trompa con son tan espantoso a fumo e llamas de fuego, que los fará ser tollidos, e así como muertos serán deste sitio lanzados; pero si tal caballero o dueña o doncella aquí vinieren que sean dignos de acabar esta aventura por la gran lealtad suya, como ya dije, entrarán sin ningún entrévalo, e la imagen hará tan dulce són, que muy sabroso sea de oír a los que lo oyeren; y éstos verán las nuestras imágines, e sus nombres escriptos en el jaspe, que no sepan quién los escribe.” E tomándola por la mano a su amiga, la fizo entrar debajo del arco, e la imagen fizo el dulce són, e mostróle las imágines e sus nombres dellos en el jaspe escriptos. E saliéndose fuera, hobo Grimanesa gana de lo facer probar, e mandó entrar algunas dueñas e doncellas suyas, mas la imagen fizo el espantoso són con gran fumo e llamas de fuego; luego fueron tollidas sin sentido alguno e lanzadas fuera del arco, e los caballeros por el semejante; de que Grimanesa, seyendo cierta sin peligro ser, con mucho placer dellos se reía, gradeciendo mucho a su amado amigo Apolidón aquello que tanto en satisfación de su voluntad había hecho, e luego le dijo:
—Mi señor, pues ¿qué será de aquella rica cámara en que tanto placer y deleite hobimos?
—Agora —dijo él— vamos allá, e veréis lo que hi faré.
Entonces se fueron donde la cámara era, e Apolidón mandó traer dos padrones, uno de piedra e otro de cobre, y el de piedra hizo poner a cinco pasos de la puerta de la cámara, y el de cobre otros cinco más desviado; e dijo a su amiga:
—Agora sabed que en esta cámara no puede hombre ni mujer entrar en ninguna manera ni tiempo fasta que aquí venga tal caballero que de bondad de armas me pase, ni mujer si a vos de hermosura no pasare; pero si tales vinieren que a mí de armas e a vos de hermosura venzan, sin estorbo alguno entrarán.
E puso unas letras en el padrón de cobre que decían: “De aquí pasarán los caballeros en que gran bondad de armas hobiere; cada uno según su valor, así pasarán adelante.” E puso otras letras en el padrón de piedra que decían: “De aquí no pasará sino el caballero que de bondad de armas a Apolidón pasará.” Y encima de la puerta de la cámara puso unas letras que decían: “Aquel que me pasare de bondad entrará en la rica cámara y será señor desta ínsola; e así llegarán las dueñas e doncellas; así que, ninguna entrará dentro si a vos de hermosura no pasare.” E hizo con su sabidoría tal encantamento, que con doce pasos al derredor ninguno a la cámara llegar podía, ni tenía otra entrada sino por la vía de los padrones que habéis oído, e mandó que en aquella ínsola hobiese un gobernador que la rigiese e cogiese las rentas della, y fuesen guardadas para aquel caballero que ventura hobiese de entrar en la cámara e fuese señor de la ínsola; e mandó que los que falleciesen en lo del arco de los amadores que sin les hacer honra los echasen fuera, e a los que lo acabasen los sirviesen; e dijo más, que los caballeros que la cámara probasen e no podiesen entrar al padrón de cobre, que dejasen allí las armas, e los que algo del padrón pasasen, que no les tomasen sino las espadas, e los que al padrón de mármol llegasen que no les tomasen sino los escudos; e si tales viniesen que deste padrón pasasen e no podiesen entrar, que les tomasen las espuelas; e a las doncellas e dueñas que no les tomasen cosa, salvo que diciendo sus nombres los pusiesen en la puerta del castillo, señalando a do cada una había llegado, e dijo:
—Cuando esta isla hobiere señor se desfará el encantamento para los caballeros, que libremente podrán pasar por los padrones y entrar en la cámara; pero no lo será para las mujeres fasta que venga aquella que por su gran hermosura la aventura acabará, e albergare dentro en la rica cámara con el caballero que el señorío habrá ganado.
Esto así hecho, Apolidón e Grimanesa, dejando a tal recaudo la Ínsola Firme como oído habéis, en sus naos partieron dende e pasaron en Grecia, donde fueron emperadores e hobieron hijos que en el imperio después de sus días sucedieron.