EL ARCO DE LOS LEALES AMADORES
Volvamos ahora a Amadís y sus acompañantes que con la doncella y el gobernador, que había salido a recibirlos, se fueron al castillo por donde toda la ínsola se mandaba, que no era sino aquella entrada, que sería una echadura de arco de tierra firme, todo lo al estaba de la mar rodeado, aunque en la ínsola había siete leguas en largo e cinco en ancho; e por aquello que era ínsola, e por lo poco que de tierra firme tenía, llamáronla Ínsola Firme.
Pues allí llegados, entrando por la puerta, vieron un gran palacio las puertas abiertas e muchos escudos en él, puestos en tres maneras, que bien ciento dellos estaban acostados a unos poyos, e sobre ellos algunos estaban más altos, y en otro poyo sobre los diez estaban dos, y el uno dellos estaba más alto que el otro más de la meitad. Amadís preguntó que por qué los pusieron así, e dijéronle que así era la bondad de cada uno cuyos los escudos eran, que en la cámara defendida quisieron entrar; e los que no llegaron al padrón de cobre estaban los escudos en tierra y los diez que llegaron al padrón estaban más altos, y de aquellos dos el más bajo pasó por el padrón de cobre, mas no pudo llegar al otro; y el que estaba más alzado llegó al padrón de mármol, que no pasó más adelante.
Desque Amadís vió los escudos mucho dudó aquella aventura, pues que tales caballeros no la acabaron. E salieron del palacio e fueron al arco de los leales amadores, y llegando al sitio que la entrada defendía, Agrajes, que estaba muy enamorado de una gentil doncella llamada Olinda, se llegó al mármol, y decendiendo de su caballo e encomendándose a Dios, dijo:
—Amor, si vos he sido leal, membradvos de mí.
E pasó el marco, y llegando so el arco, la imagen que encima estaba comenzó un són tan dulce, que Agrajes y todos los que lo oían sentían gran deleite; y llegó al palacio donde las imágines de Apolidón y de Grimanesa estaban, que no les pareció sino propiamente vivas; e miró el jaspe e vió allí dos nombres escriptos, y el suyo.
Entrando Agrajes, como oís, so el arco de los leales amadores, Amadís dió su caballo e sus armas a su escudero Gandalín, e fuése adelante lo más presto que él pudo sin temor ninguno, como aquel que sentía no haber errado a su señora, no solamente por obra, mas por el pensamiento; e como fué so el arco, la imagen comenzó a facer un són mucho más diferenciado en dulzura que a los otros hacía, e por la boca de la trompa lanzaba flores muy fermosas, que gran olor daban, e caían en el campo muy espesas; así que nunca a caballero que allí entrase fué lo semejante hecho, e pasó donde eran las imágines de Apolidón e Grimanesa, e con mucha afición las estovo mirando, paresciéndole muy hermosas e tan frescas como si vivas fuesen.
Don Galaor e Florestán, que de fuera los atendían, viendo que tardaban, acordaron de ir a ver la cámara defendida, y, llegados a ella, don Florestán, encomendándose a Dios, e poniendo su escudo delante, e la espada en la mano, fué adelante, y entrando en lo defendido, sintióse herir de todas partes con lanzas y espadas de tan grandes golpes e tan espesos, que le semejaba que ningún hombre lo podría sofrir; mas como él era fuerte e valiente de corazón, no quedaba de ir adelante firiendo con su espada a una e a otra parte, e parescíale en la mano que fería hombres armados, y que la espada no cortaba; así pasó el padrón de cobre y llegó fasta el de mármol, e allí cayó, e no pudo ir más adelante, tan desapoderado de toda su fuerza, que no tenía más sentido que si muerto fuese; e luego fué lanzado fuera del sitio, como lo facían a los otros. Don Galaor, que así lo vió, hobo dél mucho pesar, pero también él quiso probar la cámara defendida; tomó sus armas, y encomendándose a Dios, fuése contra la puerta de la cámara, e luego le firieron de todas partes de muy duros e grandes golpes, e con gran cuita llegó al padrón de mármol e abrazóse con él, y detóvose un poco; mas cuanto un paso dió adelante fué tan cargado de golpes, que no lo pudiendo sofrir, cayó en tierra, así como don Florestán, con tanto desacuerdo, que no sabía si era muerto ni si vivo; e luego fué lanzado fuera, así como los otros.
Amadís e Agrajes, que gran pieza habían andado por la huerta, tornáronse a las imágines, e vieron allí en el jaspe su nombre escripto, que decía: “Este es Amadís de Gaula, el leal enamorado, fijo del rey Perión de Gaula.” E así estando leyendo las letras con gran placer, llegó al marco el enano dando voces, e dijo:
—Señor Amadís, acorred, que vuestros hermanos son muertos.