E como esto oyó, salió de allí presto, e Agrajes tras él, y preguntando al enano qué era lo que decía, dijo:

—Señor, probáronse vuestros hermanos en la cámara e no la acabaron, y quedaron tales como muertos.

Agrajes, como era de gran corazón, al mayor paso que pudo se fué con su espada en la mano contra la cámara, firiendo a una e a otra parte; mas no bastó su fuerza de sofrir los golpes que le dieron, e cayó entre el padrón de cobre y el de mármol, e atordido como los otros, lo llevaron fuera.

Amadís comenzó a maldecir la venida que allí ficieran, e díjole a don Galaor, que ya cuasi en su acuerdo estaba:

—Hermano, no puedo excusar mi cuerpo de lo no poner en el peligro que los vuestros.

Galaor lo quisiera detener, mas él tomó presto sus armas e fuése adelante, rogando a Dios que le ayudase; e cuando llegó al lugar defendido paró un poco e dijo:

—¡Oh mi señora Oriana! De vos me viene a mí todo el esfuerzo e ardimiento; membradvos, señora, de mí a esta sazón, en que tanto vuestra sabrosa membranza me es menester.

E luego pasó adelante, e sintióse ferir de todas partes duramente, y llegó al padrón de mármol, e pasando dél, parecióle que todos los del mundo eran a lo ferir, e oía gran ruido de voces como si el mundo se fundiese, e decían:

—Si este caballero tornáis, no hay agora en el mundo otro que aquí entrar pueda.

Pero él con aquella cuita no dejaba de ir adelante, cayendo a las veces de manos, e otras de rodillas; e la espada, con que muchos golpes diera, había perdido de la mano, e andaba colgada de una correa, que no la podía cobrar; así llegó a la puerta de la cámara e vió una mano que le tomó por la suya e lo metió dentro, e oyó una voz que dijo: