—Bien venga el caballero que pasando de bondad a aquel que este encantamento fizo, que en su tiempo par no tovo, será de aquí señor.

Aquella mano le pareció grande e dura, como de hombre viejo, y en el brazo tenía vestida una manga de jamete verde, e como dentro en la cámara fué, soltóle la mano, que no la vió más, y él quedó descansado e cobrado en toda su fuerza, e quitándose el escudo del cuello y el yelmo de la cabeza, metió la espada en la vaina, e gradeció a su señora Oriana aquella honra que por su causa ganara.

A esta sazón todos los del castillo, que las voces oyeran de cómo le otorgaban el señorío, y le vieron dentro, comenzaron a decir en alta voz:

—Señor, vemos complido, a Dios loor, lo que tanto deseado teníamos.

Los hermanos, que más acordados eran e vieron cómo Amadís acabara lo que todos habían faltado, fueron alegres por el gran amor que le tenían; e como estaban se mandaron llevar a la cámara, y el gobernador con todos los suyos llegaron a Amadís e por señor le besaron las manos. Cuando vieron las cosas extrañas que dentro de la cámara había de labores e riquezas, fueron espantados de lo ver; mas no era nada con un apartamiento que allí se facía donde Apolidón e su amiga albergaban; que este era de tal forma, que no solamente ninguno podría alcanzar a facerlo, mas ni entender cómo facerse podría; y era de tal forma, que estando dentro, podían ver claramente lo que de fuera se ficiese, e los de fuera por ninguna guisa no verían nada de los de dentro. Allí estovieron todos una gran pieza con gran placer los caballeros, porque en su linaje hobiese tal caballero que pasase de bondad a todos los del mundo presentes e cien años a zaga; los de la Ínsola por haber cobrado tal señor, con quien esperaban ser bienaventurados. Isanjo, el gobernador, dijo a Amadís:

—Señor, bien será que comáis e descanséis, e mañana serán aquí todos los hombres buenos de la tierra e vos harán homenaje, recibiéndovos por señor.

Con esto se salieron, y entrados en un gran palacio, comieron de aquello que aderezado estaba; e folgando aquel día, luego el siguiente vinieron allí asonados todos los más de la ínsola con grandes juegos e alegrías; quedando ellos por sus vasallos, tomaron a Amadís por su señor con aquellas seguridades que en aquel tiempo e tierra se acostumbraban.

CAPÍTULO TERCERO

LOS CELOS DE ORIANA