Ardián el enano, que, como todos, ignoraba por completo los amores de su señor con Oriana, habíale dicho a la princesa, al tiempo de partir para Sobradisa, que Amadís iba a aquel reino con objeto de casarse con la hermosa niña Briolanja, luego de reponerla en el trono. Oriana, oídas estas palabras, a pesar de las advertencias de Mabilia y de la Doncella de Denamarca, sus consejeras, no pudo menos de escribir la siguiente carta:
CARTA QUE LA SEÑORA ORIANA ENVÍA A SU AMANTE AMADÍS
“Mi rabiosa queja, acompañada de sobrada razón, da lugar a que la flaca mano declare lo que el triste corazón encobrir no puede contra vos el falso y desleal caballero Amadís de Gaula; pues ya es conoscida la deslealtad e poca firmeza que contra mí, la más desdichada y menguada de ventura sobre todas las del mundo, habéis mostrado, mudando vuestro querer de mí, que sobre todas las cosas vos amaba, poniéndole en aquella que, según su edad, para la amar ni conoscer su discreción basta; e pues otra venganza mi sojuzgado corazón tomar no puede, quiero todo el sobrado y mal empleado amor que en vos tenía apartarlo. ¡Oh qué mal empleé e sojuzgué mi corazón, que en pago de mis sospiros e pasiones, burlada y desechada fuese! E pues este engaño es ya manifiesto, no parezcáis ante mí ni en parte donde yo sea; porque sed cierto que el muy encendido amor que vos había es tornado, por vuestro merescimiento, en muy rabiosa e cruel saña; e con vuestra quebrantada fe e sabios engaños id a engañar otra cativa mujer como yo, que así me vencí de vuestras engañosas palabras, de las cuales ninguna salva ni excusa serán recebidas; antes, sin vos ver, plañiré con mis lágrimas mi desastrada ventura e con ellas daré fin a mi vida, acabando mi triste planto.”
Acabada la carta, cerróla con sello de Amadís muy conocido, e puso en el sobrescrito: “Yo soy la doncella ferida de punta de espada por el corazón, e vos sois el que me feristes.” E fablando en gran secreto con un doncel que Durín se llamaba, hermano de la doncella de Denamarca, le mandó que no holgase fasta que hallara a Amadís, e aquella carta le diese.
El Doncel, siguiendo los pasos de Amadís, llegó a la Ínsola Firme cuando el caballero tomaba posesión de ella de la gloriosa manera que sabéis, y fué testigo de cómo todos sus moradores le rendían vasallaje. Después procuró verse a solas con el nuevo señor de la isla y le entregó lo que para él traía.
Amadís tomó la carta, e aunque su corazón grande alegría sintiese con ella, temiendo que Durín nada de su secreto sabía, encubrió lo más que pudo; y la tristeza no pudo facer, que habiendo leído las fuertes e temerosas palabras que en ella venían, no bastó el esfuerzo ni el juicio que claramente no mostrase ser llegado a la cruel muerte, con tantas lágrimas, con tantos sospiros, que no parecía sino ser hecho pedazos su corazón, quedando tan desmayado e fuera de sentido, como si el ánima ya de las carnes partida fuera. Durín, que mucho sin sospecha desto estaba, cuando aquello vió, llorando muy fuertemente maldecía a sí e a su ventura e a la muerte porque antes que allí llegase no le había sobrevenido.
Amadís, no podiendo estar en pie, sentóse en la yerba que allí estaba, e tomó la carta que se le había de las manos caído, e cuando vió el sobrescripto, su cuita fué tan sin medida, que por una pieza estuvo amorrecido, de que Durín fué muy espantado; mas seyendo ya él recordado, dijo con gran dolor:
—Señor Dios, ¿por qué vos plugo de me dar muerte sin merescimiento?
E después dijo:
—¡Ay lealtad, qué mal galardón dais a aquel que vos nunca faltó! Fecistes a mi señora que me falleciese, sabiendo vos que antes mil veces por la muerte pasaría que pasar su mandado.