Entonces dijo a Durín que llamase a Gandalín e Isanjo, el gobernador, e como él vino díjole:
—Quiero que como leal caballero me prometades que fasta mañana, después que mis hermanos oyeren misa, no diréis ninguna cosa de cuanto agora veréis.
Él así lo prometió, e otra tal fianza tomó de aquellos dos escuderos; luego mandó a Isanjo que le ficiese tener secretamente abierta la puerta del castillo, e Gandalín que sacase sus armas e caballo fuera sin que persona lo sintiese.
A escondidas de todos salió con Isanjo y sus hijos del castillo. Amadís iba sospirando e gimiendo con tanta angustia e dolor, que los que lo veían eran puestos en dolor en así lo ver; e demandando las armas, se armó, e volviéndose a Gandalín, le tomó entre sus brazos llorando fuertemente; e así lo tuvo una pieza sin que hablar le pudiese, e díjole:
—Mi buen amigo Gandalín, yo e tú fuimos en uno e a una leche criados, e nuestra vida siempre fué de consuno, e yo nunca fuí en afán ni en peligro en que tú no hobieses parte; e tu padre me sacó de la mar tan pequeña cosa como desa noche nacido; e criáronme como buen padre e madre a fijo mucho amado; e tú, mi leal amigo, nunca pensastes sino en me servir; e yo, esperando que Dios me daría alguna honra con que algo de tu merescimiento satisfacer podiese, hame venido esta tan gran desaventura, que por más cruel que la propia muerte la tengo, donde conviene que nos partamos, e yo no tengo qué te dejar sino solamente esta ínsola; e mando a Isanjo e a todos los otros, por el homenaje que me tienen fecho, que tanto que de mi muerte sepan te tomen por señor; e como quiera que este señorío tuyo sea, mando que lo gocen tu padre e madre en sus días, e después a ti libre quede.
Gandalín le dijo:
—Señor, nunca vos cuita hobistes en que de vos yo fuese partido, ni agora lo seré por ninguna cosa; e si vos morierdes, yo no quiero vivir; que después de la vuestra muerte nunca Dios me dé honra ni señorío.
—Cállate, por Dios —dijo Amadís—; no digas tal locura ni me fagas pesar, pues lo nunca feciste, e cúmplase lo que yo quiero.
Despidióse entonces de todos, abrazándoles y diciéndoles:
—A Dios vos encomiendo; que nunca pienso de jamás os ver.