E defendiéndoles que en ninguna manera fuesen en pos dél, puso las espuelas a su caballo sin se le acordar de tomar el yelmo ni escudo ni lanza, e metióse muy presto por la espesa montaña, no a otra parte sino adonde el caballo lo quería llevar, e así anduvo hasta más de la media noche sin sentido ninguno, hasta que el caballo topó en un arroyuelo de agua que de una fuente salía, e con la sed se fué por él arriba hasta que llegó a beber en ella; e dando las ramas de los árboles a Amadís en el rostro, recordó en su sentido, e miró a una e otra parte, mas no vió sino espesas matas, e hobo gran placer, creyendo que muy apartado y escondido estaba; e tanto que su caballo bebió apeóse dél, e atándole a un árbol, se asentó en la yerba verde para facer su duelo; mas tanto había llorado, que la cabeza tenía desvanecida; así que se adormeció.
CAPÍTULO CUARTO
EL ERMITAÑO
Vagó Amadís, sin tomar alimento ni descanso, por lo más escondido de aquellas montañas, hasta que, de allí a dos días, al caer la tarde, entró en una gran vega que al pie de una montaña estaba, y en ella había dos árboles altos, que estaban sobre una fuente, e fué allá por dar agua a su caballo, que todo aquel día andoviera sin fallar agua; e cuando a la fuente llegó vió un hombre de orden, la cabeza e barbas blancas, e daba beber a un asno, y vestía un hábito muy pobre de lana de cabras. Amadís le saludó, e preguntóle si era de misa; el hombre bueno le dijo que bien había cuarenta años que lo era.
—A Dios merced —dijo Amadís—; agora vos ruego que folguéis aquí esta noche por el amor de Dios, e oírme heis de penitencia, que mucho lo he menester.
—En el nombre de Dios —dijo el buen hombre.
Amadís se apeó e puso las armas en tierra, y desensilló el caballo y dejólo pacer por la yerba, y él desarmóse e fincó los hinojos ante el buen hombre, e comenzóle a besar los pies. El hombre bueno lo tomó por la mano, e alzándolo, lo fizo sentar cabe sí, e vió cómo era el más hermoso caballero que en su vida visto había, pero vióle descolorido, e las faces e los pechos bañados en lágrimas que derramaba, e hobo dél duelo e dijo:
—Decid todos los pecados que se os acordaren.
Amadís así lo fizo, diciéndole toda su facienda, que nada faltó.
El hombre bueno le dijo: