—Según vuestro entendimiento y el linaje tan alto donde venís, no os debríades matar ni perder por ninguna cosa que vos aviniese, cuanto más por fecho de mujeres; e vos consejo que no paréis en tal cosa mientes e vos quitéis de tal locura, que lo fagáis por amor de Dios, a quien no place de tales cosas.

—Buen señor —dijo Amadís—, yo soy llegado a tal punto, que no puedo vivir sino muy poco, e ruégoos por aquel Señor poderoso, cuya fe vos mantenéis, que vos plega de me llevar con vos este poco de tiempo que durare, e habré con vos consejo de mi alma; pues que ya las armas ni el caballo no me facen menester, dejarlo he aquí, e iré con vos de pie, faciendo aquella penitencia que me mandardes.

Y el hombre bueno comenzó de llorar con gran pesar que dél había; así que las lágrimas le caían por las barbas, que eran largas y blancas, e díjole:

—Mi fijo señor; yo moro en un lugar muy esquivo e trabajoso de vivir, que es una ermita metida en la mar bien siete leguas, en una peña muy alta, y es tan estrecha la peña, que ningún navío a ella se puede llegar sino es en el tiempo del verano; e allí moro yo ha treinta años, e quien allí morare conviénele que deje los vicios e placeres del mundo, e mi mantenimiento es de limosnas que los de la tierra me dan.

—Todo eso —dijo Amadís— es a mi grado, e a mí place de pasar con vos tal vida, esta poca que queda, e ruégovos por amor de Dios que me lo otorguéis.

El hombre bueno gelo otorgó, mucho contra su voluntad, e Amadís le dijo:

—Agora me mandad, padre, lo que faga; que en todo vos seré obediente.

El hombre bueno le dió la bendición, e luego dijo vísperas, e sacando de una alforja pan y pescado, dijo a Amadís que comiese; mas él no lo hacía, aunque pasaran ya tres días que no comiera; él dijo:

—Vos habéis de estar a mi obediencia, e mándoos que comáis; si no, vuestra alma sería en gran peligro si así moriésedes.

Entonces comió, pero muy poco; que no podía de sí partir aquella grande angustia en que estaba; e cuando fué hora de dormir el buen hombre se echó sobre su manto e Amadís a sus pies, que en todo lo más de la noche no hizo, con la gran cuita, sino revolverse e dar grandes sospiros; e ya cansado y vencido del sueño, adormecióse.