A la otra mañana pusiéronse en camino, el ermitaño en su asno y Amadís en su caballo, porque el religioso así se lo mandó. El hombre bueno lo iba mirando, como era tan hermoso y de tan buen talle, e la gran cuita en que estaba, e dijo:
—Yo vos quiero poner un nombre que será conforme a vuestra persona e angustia en que sois puesto; que vos sois mancebo e muy fermoso; e vuestra vida está en grande amargura y en tinieblas; quiero que hayáis nombre Beltenebrós.
Amadís plugo de aquel nombre, e tovo al buen hombre por entendido en gele haber con tan gran razón puesto, e por este nombre fué él llamado en cuanto con él vivió, y después gran tiempo; que no menos que por el de Amadís fué loado, según las grandes cosas que hizo, como adelante se dirá.
Pues fablando en esto y en otras cosas, llegaron a la mar siendo noche cerrada, e fallaron hí una barca en que habían de pasar al hombre bueno a su ermita, y Beltenebrós dió su caballo a los marineros, y ellos le dieron un pelote e un tabardo de gruesa lana parda, y entraron en la barca e fuéronse contra la peña; y Beltenebrós preguntó al buen hombre cómo llamaban aquella su morada, y él cómo había nombre.
—La morada —dijo él— es llamada la Peña Pobre, porque allí no puede morar ninguno sino en gran pobreza, e mi nombre es Andalod, e fuí clérigo asaz entendido, e pasé mi mancebía en muchas vanidades; mas después acordé de me retraer a este logar tan solo, donde ya pasan de treinta años que nunca dél salí sino agora, que vine a un enterramiento de una mi hermana.
Mucho se pagaba Beltenebrós de la soledad y esquiveza de aquel lugar, y en pensar de allí morir recebía algún descanso; así fueron navegando en su barca fasta que a la peña llegaron.
Así como oís fué encerrado Amadís, con nombre de Beltenebrós, en aquella Peña Pobre, metida siete leguas en la mar, desamparando el mundo e la honra e aquellas armas con que en tan grande alteza puesto era, consumiendo sus días en lágrimas y en continuos lloros, no habiendo memoria de sus hazañas.
¿Quién podría pintar ahora la desesperación de Oriana cuando supo por su mensajero cómo había pasado Amadís bajo el Arco de los Leales Amadores y conoció lo infundado de sus celos? ¿Quién sabría decir la fuerza de su dolor al describirle Durín el extremado duelo que después de leída la carta de su señora el caballero había hecho y cómo se había marchado solo por las selvas con rumbo incierto, cercano a la muerte?
A punto de perecer estuvo también, con tales nuevas, la enamorada princesa; no encontraban consuelo para ella sus amigas y confidentes. Acordóse por fin que la Doncella de Denamarca partiera en busca de Amadís, con una carta en que su señora le pedía perdón con muy humildes palabras y le suplicaba que fuera a verla en secreto al castillo de Miraflores, bella posesión de campo, a dos leguas de Londres, que el rey Lisuarte había regalado a su hija Oriana y donde ésta solía pasar algunas temporadas, con sus damas e doncellas.
Los caballeros de la familia de Amadís también salieron a recorrer el mundo en busca de su famoso pariente, pero iban pasando los meses y por ninguna parte se encontraban huellas del desaparecido caballero. Era ya como si hubiera muerto.