CAPÍTULO QUINTO
LA PEÑA POBRE
La Doncella de Denamarca visitó varios países donde ninguna noticia pudieron darle de Amadís. Regresaba a la Gran Bretaña, muy triste y dolorida, pensando que si no aparecía Amadís era segura la muerte de su señora, cuando fué sorprendida por una gran tormenta y andando por la mar sin gobernalle, sin concierto alguno, perdido de todo punto el tino de los mareantes, no teniendo fiucia alguna en sus vidas, en la fin una mañana al punto del alba, al pie de la Peña Pobre, donde Beltenebrós era, arribaron; la cual fué luego conocida de los de la nave, que algunos dellos sabían ser allí Andalod, el santo ermitaño que en la ermita suso su vida hacía; lo cual dijeron a la Doncella de Denamarca; y ella, como salida de tal peligro, tornada así de muerte a vida, mandó que suso a la peña la subiesen; porque oyendo misa de aquel hombre bueno, pudiese a la Virgen María dar gracias de aquella merced que su glorioso Fijo les había hecho.
A esta sazón Beltenebrós estaba tan enfermo y era ya su salud tan allegada al cabo, que no esperaba vivir quince días; e del mucho llorar, junto con la su gran flaqueza, tenía el rostro muy descarnado e negro, mucho más que si de gran dolencia agraviado fuera; así que, no había persona que conocerlo podiese.
Durante la misa volvió el rostro para donde estaban los navegantes e mirándolos, conoció luego a la Doncella e a Durín, e la alteración fué tan grande, que no podiendo estar en los pies, cayó en el suelo como si muerto fuese. Cuando el ermitaño esto vió pensó que ya estaba en el postrimero punto de su vida, e dijo:
—¡Oh Señor poderoso! ¿Por qué no has querido haber piedad deste que tanto en tu servicio podiera facer?
E las lágrimas le caían en mucha cantidad por las blancas barbas, e dijo:
—Buena doncella, faced a esos hombres que me ayuden a llevar este hombre a su cámara, que entiendo que éste será el postrimero beneficio que facer se le puede.
Entonces Enil e Durín, con el ermitaño, lo llevaron a la casa donde albergaba, e le posieron en una cámara asaz pobre, que por ninguno dellos nunca fué conocido; pues la doncella oyó la misa, e queriéndose ir a comer en tierra, que de la mar muy enojada andaba, acaso preguntó al ermitaño qué hombre era aquel que de tan gran dolencia agraviado era. El hombre bueno le dijo: