—Es un caballero que aquí face penitencia.

—Quiérole ver —dijo la doncella—, pues me decís que es caballero e de las cosas que en la nave trayo le dejaré con que algo pueda ser reparado.

—Faceldo —dijo el buen hombre—; pero entiendo que su muerte, a que tanto llegado es, vos quitará dese cuidado.

La doncella entró sola en la cámara donde Beltenebrós estaba; el cual, pensando qué ficiese, no se sabía determinar; que si se le ficiese conocer, pasaba el mandamiento de su señora, e si no, si aquella que era todo el reparo de su vida de allí se fuese, no le quedaba esperanza ninguna. En la fin, creyendo que muy más duro para él sería enojar a su señora que padecer la muerte, acordó de se le no facer conocer en ninguna manera.

Pues la doncella, llegada cerca de la cama, dijo:

—Buen hombre, del ermitaño he sabido que sois caballero, e porque las doncellas a todos los más caballeros somos muy más obligadas por los grandes peligros que en nuestra defensa se ponen, acordé de os ver e dejar aquí del bastimiento de la nao todo lo que para vuestra salud en ella se fallare.

Él no respondió ninguna cosa; antes estaba con grandes sollozos e gemidos llorando. Así que la doncella pensó que el alma de las carnes se le partía, de que hobo gran piedad; e porque en la cámara poca luz había, abrió una lumbrera que cerrada estaba, e llegóse a la cama por ver si era muerto, e comenzóle a mirar, y él a ella, todavía llorando e sollozando, e así estuvo por una pieza que la doncella nunca lo conoció, porque su pensamiento bien descuidado era de fallar en tal parte aquel que buscaba; mas viéndole en el rostro un golpe que ella muy bien conocía fízola recordar en lo que ante ninguna sospecha tenía, e claramente conoció ser aquel Amadís, e dijo:

—¡Ay, santa María, val! ¿Qué es esto que veo? ¡Ay, señor, vos sois aquel por quien mucho afán he tomado!

E cayó de bruzas sobre el lecho, e fincando los hinojos, le besó las manos muchas veces, e díjole:

—Señor, aquí es menester piedad e perdón contra aquella que vos erró; que si por su mala sospecha vos ha puesto injustamente en tal estrecho, ella con mucha causa e razón padece la vida más amarga que la propia muerte.