Beltenebrós la tomó entre sus brazos e juntóla consigo, sin ninguna cosa le poder fablar; ella dándole la carta, le dijo:

—Esta vos envía vuestra señora, e por mí vos face saber que si vos sois aquel Amadís que ser solía, a quien ella tanto ama, que poniendo en olvido lo pasado, luego seáis con ella en el su castillo de Miraflores, donde con mucho vicio serán emendados los dolores e angustias que el sobrado amor que vos tiene han causado.

Él tomó la carta, e después de leída, su alegría fué tan sobrada, que, así como con la pasada tristeza, con ella desmayado fué, cayendo las lágrimas por sus mejillas sin las sentir.

Embarcados en la nave de la Doncella se trasladaron a la Gran Bretaña, sin que nadie de a bordo hubiera sospechado quién pudiera ser aquel Beltenebrós. Después de reponer su salud durante algún tiempo en un lugar retirado, el caballero adquirió armas y caballo, tomó un escudero y fué a visitar a su señora en su castillo de Miraflores, dejando sembrado su camino de las más gloriosas hazañas, que llevaban por todas partes la fama del nuevo caballero Beltenebrós, tanto que todo el mundo decía que, desaparecido Amadís, no había en el orbe quien pudiera igualarse con él.

Guardó rigurosamente el incógnito hasta que en una descomunal batalla que tuvo Lisuarte con el rey Cildadán de Irlanda, al ver que flaqueaban los ingleses, Beltenebrós, que venía realizando magníficos hechos de armas, se metió por medio de todos gritando:

—¡Gaula, Gaula, que yo soy Amadís!

Y con su esfuerzo libertó al rey Lisuarte, que ya había caído en poder de los enemigos.

CAPÍTULO SEXTO

EL CASTILLO DE ARCALAUS

Con ello creció hasta el extremo la fama e influencia de Amadís en la corte del rey Lisuarte, el cual nada hacía ya sino por mediación de su heroico caballero. Mas entre tanto la envidia no estaba queda y algunas caballeros de edad, que veían extinguido su influjo, supieron hacer de modo que el rey llegara a creer que Amadís proyectaba traidoramente apoderarse del reino para él y los suyos.