Entonces Lisuarte mostró públicamente su desprecio a Amadís, el cual, aunque muy dolorido de separarse de Oriana, oído el consejo que ésta le dió diciéndole que su honor era antes que todo, retiróse a la Ínsola Firme, con un cortejo como de rey, formado por todos los caballeros de su familia y gran número de amigos, con lo que apenas le quedaron caballeros de valía, en su corte, al rey Lisuarte.
Poco después, suscitados por Arcalaus el Encantador, que no perdonaba ocasión de mover guerra al rey de la Gran Bretaña, tomaron contra él las armas seis poderosos reyes dirigidos por el rey Arábigo. Nunca se había visto Lisuarte en peligro semejante y era más que probable que no pudiera resistir a enemigos tan fuertes, privado del apoyo de los caballeros de Amadís.
A tal sazón, estaba éste en Gaula con Perión, su padre, y su hermano don Florestán. Amadís había prometido a su dama que nunca haría armas contra el rey Lisuarte y estaba muy triste por no poder tomar parte en aquella guerra descomunal. Tratando de ello, llegaron a acordar el padre y los dos hijos, que aunque eran muchas las ofensas que del rey de la Gran Bretaña habían recibido, irían secretamente y disfrazados a prestarle auxilio. Fueron así, en efecto, con armas que les envió Urganda la Desconocida, cuyos escudos estaban adornados con sierpes de oro. Y la armadura de Amadís había un yelmo dorado. Pasaron a la Gran Bretaña, llegaron al campo de batalla; con el esfuerzo de sus brazos decidieron ésta en favor de Lisuarte cuando el rey la tenía ya perdida, y antes de que el socorrido monarca pudiera buscar a sus favorecedores, supieron ocultarse en un bosque, protegidos por el manto de la noche.
Algunos días folgaron en aquella floresta el rey Perión e sus fijos, y yendo en busca de la nave que había de volverlos a Gaula, fallaron cabe una fuente una doncella, que a su palafrén a beber daba, vestida ricamente, y encima una capa de escarlata, que con hebillas e ojales de oro se abrochaba, y dos escuderos y dos doncellas con ella, que le traían falcones e canes, con que cazaba; e como ella los vió, conociólos luego en las armas de las sierpes, e fué, faciendo grande alegría, contra ellos; e como llegó, saluólos con mucha homildad, faciendo señas que era muda. Ellos la saluaron, y parecióles muy fermosa, e hobieron mancilla que fuese muda. Ella se llegaba al del yelmo dorado, e abrazábalo y queríale besar las manos; e cuando así una pieza estovo, convidábalos por señas que fuesen aquella noche sus huéspedes en un su castillo, mas ellos no le entendían. Ella fizo seña a sus escuderos que gelo declarasen, e así lo ficieron. Ellos, viendo aquella buena voluntad y que era ya muy tarde, fuéronse con ella a salva fe, y no andovieron mucho, que llegaron a un fermoso castillo, teniendo a la doncella por muy rica, pues que dél era señora; y entrando en él, fallaron gentes que los recibieron homildosamente, y otras dueñas y doncellas, que todas acataban a la muda como a señora; luego les tomaron los caballos, e subieron a ellos a una rica cámara, que sería veinte codos en alto de la tierra, e faciéndolos desarmar, les trajeron ricos mantos que cobriesen; y desque hobieron hablado con la muda y con las otras doncellas, trajéronles de cenar e fueron muy bien servidos, y ellas se fueron a sus aposentamientos; mas no tardó mucho que luego volvieron con muchas candelas e instrumentos acordados para les dar placer, e cuando fué tiempo de dormir dejáronlos e fuéronse. En aquella cámara había tres camas muy ricas, que la doncella muda mandara hacer, e posiéronles sus armas cabe cada cama. Ellos se acostaron e dormieron asosegadamente, como aquellos que trabajados e fatigados andaban, e aunque sus espíritus reposaban, no lo hacían sus vidas, según en el peligroso lazo en que metidos eran, que con mucha causa se puede comparar a las cosas deste mundo; que sabed que aquella cámara era fecha por una muy engañosa arte, que toda ella se sostenía sobre un estello de fierro hecho como husillo de lagar, cerrado en otro de madera que en medio de la cámara estaba, e podíase abajar e alzar por debajo, trayendo una palanca de hierro al derredor; que la cámara no llegaba a pared ninguna; así que, cuando a la mañana despertaron, falláronse en hondón otros veinte codos que en alto estaban cuando en ella entraron.
Los tres caballeros, cuando fueron despiertos e no vieron señal ninguna de claridad, y sentían cómo la gente del castillo sobre ellos andaba, mucho se maravillaron, y levantáronse de los lechos, e buscando a tiento la puerta y las finiestras, falláronlas; pero metiendo las manos por ellas, topaban en el muro del castillo; así que luego conocieron que eran traídos a engaño. Estando con gran pesar de se ver en tal peligro, pareció suso a una finiestra de la cámara un caballero grande y membrudo, y el rostro había medroso, y en la barba e cabeza más cabellos blancos que negros, y vestía paños de duelo, e dijo a una voz alta:
—¿Quién yace allá dentro, que mal seáis albergados? Que, según el gran pesar que me habéis fecho, así fallaréis la mesura y merced, que serán muy crueles e amargas muertes, e aun con esto no seré vengado, según lo que de vos recebí en la batalla del falso rey Lisuarte. Sabed que yo soy Arcalaus el Encantador; si me nunca vistes, agora me conoced; que nunca ninguno me hizo pesar que dél no me vengase, si no es de uno solo, que aun yo cuido tener donde vos estáis.
E la doncella que cabe él estaba dijo:
—Buen tío, aquel mancebo que allí está es el que traía el yelmo dorado.
Y tendió la mano contra Amadís. Cuando ellos esto vieron, que aquel era Arcalaus, fueron en gran pavor de muerte, e por extraña cosa tovieron ver fablar a la doncella muda que los allí trajera.
Arcalaus les dijo: