—Caballeros, yo vos haré ante mí tajar las cabezas, y enviarlas he al rey Arábigo, en alguna emienda de lo que le deservistes.
E tiróse de la finiestra, e mandóla cerrar, e quedó la cámara tan escura, que no se veían unos a otros.
Así como oís pasaron aquel día sin comer e sin beber, y desque Arcalaus cenó e pasó ya parte de la noche, vínose a la finiestra donde ellos estaban, con dos hachas encendidas, e la sobrina, e mandóla abrir, e dijo:
—Vos, caballeros que allá yacéis, cuido que comeríades, si toviésedes qué.
—De grado —dijo don Florestán—, si nos lo mandásedes dar.
Él dijo:
—Si en voluntad lo tengo, Dios me la quite; pero porque del todo no quedéis desconsolados, en emienda de la comida os quiero decir unas nuevas. Sabed cómo agora, después que fué noche, vinieron a la puerta del castillo dos escuderos e un enano, que preguntaban por los caballeros de las armas de las sierpes, e mandélos prender y echar en una prisión que ende debajo tenéis. Destos sabré mañana quién sois, o los haré cortar miembro a miembro.
Sabed que esto que Arcalaus les dijo era así verdad; que los de la galea, viendo que tardaban y tenían el tiempo enderezado para navegar, acordaron que los buscasen Gandalín y el Enano e Orfeo, el repostero del Rey, e a éstos tenían en la prisión, como es dicho. Mucho les pesó al Rey e a sus hijos destas nuevas, porque muy peligrosas eran. Dinarda dijo:
—Tío, sostenedles la vida, porque con ella mayor pena sostengan.
—Pues que así os parece, sobrina —dijo él—, yo lo faré.