EL PRIMER DÍA DE LUCHA
Avanzaron los ejércitos del Emperador y del rey Lisuarte hacia la Ínsola Firme, hasta que supieron por sus espías que venían contra ellos las fuerzas del rey Perión, y ambas huestes se detuvieron una frente a otra, que no había en medio más espacio de media legua de un campo grande e llano.
Así estando estas huestes como oís, llegó Gandalín, escudero de Amadís, e tomóle por aquel campo, donde ninguno oír les pudiese, e díjole:
—Señor, os suplico que antes de comenzar la batalla me hagáis merced de darme la orden de caballería.
Por nada del mundo querría Amadís separarse de su escudero, así que cuando esto le oyó fué tan turbado, que por una pieza no pudo hablar, e díjole:
—¡Oh mi verdadero amigo y hermano, que tan grave es a mí complir lo que pides! Por cierto no en menos grado lo siento que si mi corazón de mis carnes se apartase; e si con algún camino de razón apartar lo podiese, con todas mis fuerzas lo haría; mas tu petición veo ser tan justa, que en ninguna guisa se puede negar; e siguiendo más la obligación en que te soy que la voluntad de mi querer, yo me determino que así como lo pides se faga.
Gandalín hincó los hinojos por le besar las manos; mas Amadís lo alzó e lo tovo abrazado, veniéndole las lágrimas a los ojos con el mucho amor que le tenía, que ya tenía en sí figurada la gran soledad e tristeza en que se vería no le teniendo consigo, e díjole:
—Bien será que veles armado en la capilla de la tienda del Rey mi padre, e otro día cabalga en tu caballo así armado, e cuando quisiéremos romper contra nuestros enemigos, el Rey te hará caballero; que ya sabes que en todo el mundo no se podría fallar mejor hombre, ni de quien más honra recibas en este auto.
Gandalín le dijo:
—Señor, todo cuanto decís es verdad, e a duro hallaría hombre otro tal caballero como el Rey; pero yo no seré caballero sino de vuestra mano.