—Pues que así quieres —dijo Amadís— así sea, e faz lo que te digo.

A cabo de tres días que los reales se asentaron, el emperador Patín se aquejaba mucho porque la batalla se diese; Amadís e Agrajes e don Cuadragante e todos los otros caballeros asimesmo aquejaban mucho al rey Perión que la batalla se diese e que Dios fuese juez de la verdad. Pues el Rey no lo quería menos que todos, mas habíalo detenido hasta que las cosas estoviesen en disposición cual convenía, e luego mandaron apregonar que todos al alba del día oyesen misa e se armasen, e cada gente acudiese a su capitán, porque la batalla se daría luego, e asimesmo se fizo por los contrarios, que luego lo supieron.

Pues venida el alba, las trompetas sonaron, e tan claros se oían los unos a los otros como si juntos estoviesen. La gente se comenzó a armar e a ensillar sus caballos e por las tiendas a oír misas e cabalgar todos e se ir para sus señas.

Pues a esta hora llegó Gandalín armado de armas blancas, como convenía a caballero novel, e se fué donde su señor Amadís estaba. Cuando Amadís le vió así venir salió de la batalla a él, e tomóle consigo, e fuése donde el rey Perión, su padre, estaba, e por el camino le fué aconsejando como debía conducirse en aquel primer combate en que iba a tomar parte. Así llegaron donde el rey Perión estaba, e Amadís le dijo:

—Señor, Gandalín quiere ser caballero, e mucho me pluguiera que lo fuera de vuestra mano; pero pues a él place de lo ser de la mía, vengo a os suplicar que de vuestra mano haya la espada, porque cuando le fuere menester haya memoria desta grande honra que recibe y de quién gela da.

Entonces Amadís tomó una espada que le traía Durín, hermano de la doncella de Denamarca, a quien había mandado que le aguardase, e dióla al Rey, y él hizo caballero a Gandalín, besándole e poniéndole la espuela diestra, y el Rey le ciñió la espada, e así se cumplió su caballería por la mano de los dos mejores caballeros que nunca armas trajeron.

Yendo las batallas, no andovieron mucho que vieron a sus enemigos contra ellos venir, e cuando fueron cerca los unos de los otros, Amadís conoció que la seña del emperador de Roma traía la delantera, e hobo muy gran placer porque con aquellos fuesen los primeros golpes, que como quiera que al rey Lisuarte desamase, siempre tenía en la memoria haber sido en su corte, y de las grandes honras que dél había rescebido; e sobre todo, lo que más temía e dubdaba, ser padre de su señora, a quien él tanto temor tenía de dar enojo; y en su corazón llevaba puesto, si hacerlo pudiese sin mucho peligro suyo, de se apartar de donde el rey Lisuarte andoviese.

Rompieron después las batallas unas contra otras, al son de las trompetas y añafiles y cuando se juntaron, el ruido e las voces fué tan grande que se no oían unos a otros, e allí veríades caballos sin señores, e los caballeros, dellos muertos y dellos feridos, e pasaban sobre ellos los que podían. Amadís tomó consigo a Gandalín, e con gran saña, viendo que los romanos tan bien se defendían, entró lo más recio que pudo por el un costado de la haz, e aquellos que le seguían, e dió tan grandes golpes del espada, que no había hombre que lo viese que mucho no fuese espantado; e mucho más lo fueron aquellos que le esperaban, que tan gran miedo les puso, que ninguno le osaba atender, antes se metían entre los otros, como hace el ganado cuando de los lobos son acometidos. Don Cuadragante e los otros caballeros que por la otra parte se combatían apretaron tanto los contrarios, que si no fuera porque llegó la segunda haz en su socorro, todos fueran destrozados e vencidos; mas como éste llegó, todos fueron reparados e cobraron gran esfuerzo, e por su llegada cayeron a tierra de los caballos más de mill de los unos e de los otros.

El Emperador llegó en su gran caballo e como era grande de cuerpo, y venía delante de los suyos, paresció tan bien a todos los que lo veían, que era maravilla, y metió mano a la espada e comenzó a decir a grandes voces:

—Roma, Roma; a ellos, mis caballeros; no vos escape ninguno.