E luego se metió por la priesa, dando muy grandes e fuertes golpes a todos los que delante sí hallaba, a guisa de buen caballero.

Mas con todo, eran tales las cosas extrañas que Amadís facía e los caballeros que dejaba por el suelo por do quiera que iba, que el romano fué tan espantado, que no podía creer que fuese sino algún diablo que allí era venido para los destruír, y a grandes voces decía:

—A éste, a éste herid y matad; que éste es el que nos destruye sin ninguna piedad.

Merced a las hazañas de Amadís y sus compañeros, los romanos, aunque eran tantos, acabaron por llevar la peor parte, e iban de vencida cuando, al ponerse el sol, fueron separados los contendientes.

Aquella noche pasaron con grandes guardas e curaron de los feridos, e los otros descansaron del gran trabajo que habían pasado. Venida la mañana, como había sido concertada tregua de un día, fueron muchos a buscar a sus parientes, e otros a sus señores. E allí viérades los llantos tan grandes de ambas las partes, que de oírlo pone gran dolor, cuanto más de lo ver. Todos los vivos llevaron al real del Emperador, e los muertos fueron soterrados, de manera que el campo quedó desembargado. Así pasaron aquel día enderezando sus armas e curando de sus caballos.

CAPÍTULO TERCERO

EL FIN DE LA BATALLA

No menos brava que la del primer día fué la lucha que se armó, acabada la tregua. Los guerreros de ambos bandos se acometieron con tanta furia que todos fueron mezclados unos con otros, de manera que no podían haber concierto ni aguardar ninguno a su capitán. Mas andaban tan envueltos e tan juntos, que se no podían herir ni aun con las espadas; e trabábanse a brazos, y derribábanse de los caballos, e más eran los que murieron de los pies dellos que de las feridas que se daban. El estruendo y el roido era tan grande, así de las voces como del reteñir de las armas, que todos aquellos valles de la montaña facían reteñir, que no parescían sino que todo el mundo era allí asonado; e por cierto así lo podéis creer, que no el mundo, mas todo lo más de la cristiandad e la flor della estaba allí, donde tanto daño en ella se recibió aquel día que por muchos y largos tiempos no se pudo reparar.

Pues estando la cosa en tan gran revuelta y peligro, sobrevino de la parte del rey Lisuarte el Emperador con más de tres mil caballeros, y cargó sobre el rey Perión, que muy a punto estuvo de perderse. Así estando en esta priesa como oídes, llegó aquel muy esforzado caballero Amadís, que traía en su mano la su buena espada tinta de sangre hasta el puño, y como vió tanta gente sobre su padre, y sobre los suyos vió estar al Emperador delante combatiéndose, como cosa que ya por vencida tenía, puso las espuelas a su caballo, y metióse tan recio y tan denodado por la gente, que fué maravilla de lo ver.

Amadís, como llevaba los ojos puestos en el Emperador, e más en el corazón de lo matar si podiese, metióse con muy gran rabia por le ferir; e como quiera que de todas partes grandes golpes le diesen por gelo defender, nunca tanto pudieron facer los contrarios, que le estorbasen de se juntar con él; e como a él llegó, alzó la espada e hirióle de toda su fuerza, e dióle tan gran golpe por encima del yelmo, que le desapoderó de toda su fuerza, y le hizo caer el espada de la mano; e como Amadís vió que iba a caer del caballo, dióle muy prestamente otro golpe por cima del hombro, que le cortó todas las armas e la carne fasta el hueso, de manera que todo aquel cuarto con el brazo le quedó colgado, e cayó del caballo tal, que dende a poco fué muerto.