Flaquearon entonces los romanos, hasta el punto de que sólo las fuerzas del rey Lisuarte sostenían en realidad la lucha con sus enemigos. Estando la batalla en tal estado como oís, Amadís vió cómo la parte del rey Lisuarte iba perdida sin ningún remedio, y que si la cosa pasase más adelante, que no sería en su mano de lo poder salvar, ni aquellos grandes amigos suyos que con él estaban; y sobre todo, le vino a la memoria ser éste padre de su señora Oriana, aquella que sobre todas las cosas del mundo amaba e temía, e las grandes honras que él e su linaje los tiempos pasados habían dél recebido, las cuales se debían anteponer a los enojos, y que toda cosa que en tal caso se ficiese sería gran gloria para él, contándose más a sobrada virtud que a poco esfuerzo. E vió que muchos de los romanos llevaban a su señor faciendo gran duelo y que la gente se esparcía. Y porque venía la noche, acordó de probar si podría servir a su señora en cosa tan señalada; y fuése cuanto pudo por entre ambas las batallas, a gran afán, porque la gente era mucha e la priesa grande; que los de su parte, como conoscían la ventaja, apretaban a sus enemigos con gran esfuerzo, y en los otros ya cuasi no había defensa, sino por el rey Lisuarte y el rey Cildadán e los otros señalados caballeros; y llegó al rey Perión, su padre, e díjole:

—Señor, la noche viene; que a poca de hora no nos podríamos conocer unos a otros, e si más durase la contienda sería gran peligro, según la muchedumbre de la gente, que así podríamos matar a los amigos como a los enemigos y ellos a nosotros; paréceme que sería bien apartar la gente; que, según el daño que nuestros enemigos han recebido, bien creo que mañana no nos osarán atender.

El Rey, que gran pesar en su corazón tenía en ver morir tanta gente sin culpa ninguna, díjole:

—Hijo, fágase como te parece, así por eso que dices como porque más gente no muera; que aquel Señor que todas las cosas sabe, bien ve que esto más se deja por su servicio que por otra ninguna causa; que en nuestra mano está toda su destruición, según son vencidos.

Entonces el rey Perión e don Cuadragante por una parte, e Amadís e Galtines por la otra, comenzaron a apartar la gente, e hiciéronlo con poca premia, que ya la noche los partía. El rey Lisuarte, que estaba en esperanza ninguna de poder cobrar lo perdido y determinado de morir antes que ser vencido, cuando vió que aquellos caballeros apartaban la gente mucho fué maravillado, e bien creyó que no sin algún gran misterio aquello se facía, y estovo quedo hasta ver qué dello podría redundar. E como el rey Cildadán vió lo que los contrarios hacían, dijo al Rey:

—Paréceme que aquella gente no os seguirá, e honra nos facen; y pues que así es, recojamos la nuestra, e vamos a descansar, que tiempo es.

Así se partió esta batalla como oídes; e las gentes apartadas e tornadas a sus reales, pusieron treguas por dos días, porque los muertos eran muchos, e acordóse que seguramente cada una de las partes pudiese llevar los suyos. El trabajo que pasaron en los soterrar e los llantos que por ellos ficieron, será excusado decirlo.

El rey Lisuarte, después de rendidos los debidos honores al cadáver del Emperador, estaba sumido en las más hondas vacilaciones, que bien advertía que con las fuerzas que le restaban no podría sostener una tercera batalla sin ser vencido en ella.

Con todo, porque no sufriera su honra, juntó a sus aliados y les manifestó que estaba dispuesto a morir en la pelea, pero nunca a solicitar paces. Todos le aseguraron que querían correr su misma suerte y se prepararon para continuar la guerra cuando fueran las treguas pasadas.

CAPÍTULO CUARTO