LAS GESTIONES DE PAZ
Entre tanto, un anciano ermitaño que moraba en aquella comarca, llamado Nasciano, y que gozaba de gran fama y prestigio entre todos los contendientes por su santidad y virtudes, tenía gran pesar en su corazón de que así se destrozara la flor de la caballería de tantos reinos, y como sabía el secreto de los amores de Oriana y Amadís, que muchas veces se había confesado con él la Princesa, se encaminó a la Ínsola Firme para rogar a Oriana que le permitiera revelar al rey Lisuarte lo que mediaba entre ella y Amadís, confiando en que sólo con aquello quedaría ya la guerra acabada.
Habló con Oriana al tiempo que los caballeros luchaban con mayor furia, y la Princesa, acongojadísima, no sólo le permitió que comunicara a su padre aquel secreto, sino que le suplicó que hiciera cuanto le fuera posible para que cesara tan espantosa guerra, en la que, venciera quien venciera, Amadís a Lisuarte o Lisuarte a Amadís, siempre había de salir destrozado el corazón de la Princesa.
Durante las treguas, consiguió el santo ermitaño llegar a la tienda de Lisuarte. Habló a solas con el Rey, refirióle los amores de Oriana, y en nombre de Dios le suplicó, postrándose a sus pies, que diera fin a la tremenda lucha con unas alegres bodas.
El Rey estuvo largo rato meditando, y aparte de la seguridad de ser vencido en la guerra, dada la escasez de las fuerzas que le quedaban, pensó que, muerto el Emperador, con nadie podría casar a Oriana mejor que con Amadís, cuyo altísimo valer nadie tanto como él conocía, y así le respondió al ermitaño que, siempre que su honra quedara a salvo, estaba muy dispuesto a concertar paces y a que se celebrara aquel enlace.
Muy contento, trasladóse entonces el santo hombre al campo de Amadís, habló en secreto con éste y encontró que también él estaba deseoso de terminar la guerra por no verse en el caso de derrotar al padre de su señora. Oído esto, refirióle el ermitaño cómo, por mandado de la Princesa, había revelado al rey Lisuarte los amores de ésta con Amadís y cómo el Rey se manifestaba conforme con el matrimonio.
Amadís, cuando esto oyó, el corazón y las carnes le temblaban con la gran alegría que hobo, e dijo al ermitaño:
—.Mi buen señor, si el rey Lisuarte dese propósito está y por su hijo me quiere, yo lo tomaré por señor e padre para le servir en todo lo que su honra sea.
El ermitaño y Amadís comunicaron al rey Perión todo cuanto ocurría, quien, no menos inclinado a la paz, de acuerdo con sus principales aliados nombró dos representantes suyos, que, con los del rey Lisuarte, discutieran y acordaran las condiciones del término de la guerra, y antes de otra cosa, una y otra parte dispusieron levantar los reales y que se retirara una jornada atrás cada uno de los ejércitos, yendo a la Ínsola Firme los de Amadís, y a la villa de Luvaina los de Lisuarte. De este modo, la mañana venida, las trompas fueron sonadas por los reales, e alzadas las tiendas; y con mucho placer de los unos y de los otros movieron los reales, cada uno donde debía ir.
Ya vos habemos contado cómo el rey Arábigo e Barsinan, señor de Sansueña, e Arcalaus el Encantador e sus compañas estaban metidos en lo más bravo y más fuerte de la montaña, aguardando el aviso de las escuchas que continuamente muy secreto sobre los reales tenían; las cuales vieron muy bien las batallas pasadas, y dieron cuenta de ellas al rey Arábigo, cuyo pensamiento fué de esperar a lo postrimero; que bien cuidaba que al cabo la una parte había de ser vencida, e mucho placer tomaba consigo porque de la primera no se mostraba el vencimiento, que durando la porfía, más se acrecentaba el daño; que a la fin quedarían tales, que con poco trabajo y menos peligro despacharía a los que quedasen, e quedaría señor de toda la tierra sin haber en ella quien gelo contradijese.