Pues así estando, con mucho placer e alegría, vinieron las escuchas, e dijéronle cómo las gentes habían alzado los reales, e armados se volvían por los caminos que habían allí venido, que no podían pensar qué cosa fuese. Oído esto por el rey Arábigo, luego pensó que sobre alguna avenencia se podrían partir. Acordó de antes acometer al rey Lisuarte que a Amadís; pero dijo que no sería bien acometerlos fasta la noche, porque los tomarían más descuidados e a su salvo, e mandó espías que acechasen sus pasos.

El rey Lisuarte, que iba por su camino, fué avisado de algunos de la comarca cómo habían visto gente de caballo ir encobiertos por encima de los cerros de aquella sierra. El Rey pensó que no se podría partir de aquella gente, si a su parte acostasen, sin gran batalla, la cual por entonces temía, por ver su gente tan maltrecha de las batallas pasadas, y no facía sino andar su camino con harta priesa, porque la afruenta, si viniese, le tomase cerca de aquella su villa de Luvaina, que facía cuenta que, aunque bien cercada no estoviese, que mejor en ella que en el campo se podría reparar; así que, en poca de hora se alejó gran pieza de la montaña.

Avisadas por sus espías las fuerzas del rey Arábigo iban tras él esperando la ocasión conveniente para el ataque.

Ocurrió entonces que el santo ermitaño tuvo que enviar con un recado para Lisuarte a dos donceles de Amadís, los cuales, llegados al real, encontraron que ya eran las fuerzas partidas para Luvaina. Siguieron sus huellas, y de allí a poco vieron cómo bajaban de la montaña y seguían al rey Lisuarte los temibles ejércitos del rey Arábigo.

Volvieron riendas y, galopando toda la noche, llegaron al alba a la tienda de Amadís, a quien despertaron haciéndole saber lo que ocurría. Este acordó con su padre ir con todas sus fuerzas en socorro del Rey de la Gran Bretaña; pero por ganar tiempo, Amadís partió delante llevando consigo a don Cuadragante, e a don Florestán, su hermano, e Angriote de Estravaus e Gandalín y cuatro mil caballeros, e al maestro Elisabat, que así en esta jornada como en las batallas pasadas hizo cosas maravillosas de su oficio, dando la vida a muchos de los que haber no la podieran sino por Dios y por él. Con esta compaña tomó el camino, y el Rey su padre e todos los otros en sus batallas ordenadas tras él.

CAPÍTULO QUINTO

LA DERROTA DE ARCALAUS

Siempre seguidos por las huestes del rey Arábigo, Lisuarte y los suyos anduvieron todo el día y toda la noche y al rayar el alba estaban ante los muros de Luvaina. El rey de la Gran Bretaña quería meterse en la ciudad, sin dar batalla, para reparar allí algún tanto sus armas, que todos las traían hechas pedazos, y dar descanso a hombres y a caballos, que ya no podían consigo de fatiga.

Mas los de Arcalaus los acometieron fieramente, antes de que pudieran ganar las puertas de la villa, y trabóse una muy dura batalla en la que las fuerzas de Lisuarte, peleando a la desesperada, se batieron con mucho mayor brío del que de su cansancio se podría esperar. Con todo, tales eran los ímpetus del contrario, que el propio rey de la Gran Bretaña, a quien le mataron el caballo y cayó en medio de los enemigos, habría sido muerto o hecho prisionero si no hubieran acudido temeraria y heroicamente a cubrir su cuerpo los mejores de sus caballeros. De este modo, al cabo de muchas horas de pelea y con grandes pérdidas, logró Lisuarte hacer entrar el resto de su gente por la puerta de Luvaina, siendo el propio Rey uno de los últimos que consintió en acogerse a tal defensa.

Los muros de la villa eran bajos y débiles y no podían oponer larga resistencia. Sin embargo, el Rey, una vez dentro, después de haber hecho que comieran sus fatigadas tropas de lo que los de la villa pudieron darles, las repartió por las murallas, guarneciendo especialmente los puntos más flacos, a lo que también acudió cuanta gente útil en la villa habitaba. Pero como ya era pasada la mayor parte del día, los del rey Arábigo acordaron cercar por aquella noche los muros de Luvaina, aplazando para la mañana siguiente el asaltarlos.