Por mucho que se apresuró Amadís con los que le acompañaban, no pudo evitar, con gran desesperación suya, que la noche les sorprendiera lejos aún de Luvaina. Moderaron el paso y los fuegos del real del rey Arábigo, que descubrieron desde lejos, sirviéronles para no errar camino, tanto que descubrieron ante sí la villa como a una legua de distancia, cuando comenzaba a romper el alba. Pues el día venido, el rey Arábigo y todos aquellos caballeros se aparejaron para el combate con muy gran esfuerzo e placer; e como armados fueron, llegaron todos al muro e a los portillos de la cerca; mas el rey Lisuarte con los suyos se los defendía muy bravamente; mas al cabo, como la gente era mucha y esforzada con la próspera fortuna, e los del Rey pocos, y los más dellos heridos y desmayados, non podieron tanto resistir ni defender que los contrarios no los entrasen por fuerza con muy grande alarido; así que el ruido era muy grande por las calles, por las cuales el Rey e los suyos se defendían reciamente, y desde las ventanas les ayudaban las mujeres e mozos, e otros que no eran para más afruenta de aquella. La revuelta de las cuchilladas e lanzadas y pedradas era tan grande y el sonido de las voces, que no había persona que lo viese que mucho no fuese espantada.

Los de Lisuarte se defendían con la mayor bravura, mas todo no valía nada: que tanta gente cargaba por todas partes sobre ellos y les tomaban las espaldas, que si Dios por su misericordia no socorriera con la venida de Amadís, no tardaran media hora de ser todos muertos y presos, según las feridas tenían e las armas todas fechas pedazos; mas a esta hora llegó Amadís e sus compañeros con aquella gente que ya oístes; que después que el día vino aguijó cuanto pudo, porque ante que se apercibiesen los podiesen tomar. E como llegó a la villa e vió la gente dentro, e otros algunos que andaban de fuera, dió luego e tornó al derredor, e firieron e mataron cuantos pudieron alcanzar, y él por una puerta e don Cuadragante por la otra entraron con la gente, diciendo a grandes voces:

—Gaula, Gaula; Irlanda, Irlanda.

E como fallaban las gentes desmandadas e sin recelo, mataron muchos, e otros se les encerraron en las casas.

Los delanteros que peleaban oyeron las voces y el gran roido que con los suyos andaban, e los apellidos; luego pensaron que el rey Lisuarte era socorrido, e desmayaron mucho, que no sabían qué facer, si pelear con los que tenían delante o ir socorrer los otros. El rey Lisuarte, como aquello oyó, e vió que sus contrarios aflojaban, cobró razón e comenzó a esforzar los suyos, e dieron en ellos tan bravamente, que los llevaron hasta dar en los que venían huyendo de Amadís e de los suyos, así que no tovieron otro medio sino poner espaldas con espaldas y defenderse. El rey Arábigo e Arcalaus, como vieron la cosa perdida, metiéronse en una casa; que no tovieron esfuerzo para morir en la calle, mas luego fueron tomados y presos. Amadís daba tan duros golpes, que ya no hallaba quien lo esperase, y cuando vió que ya estaban deshechos los enemigos, pues tampoco don Cuadragante se había descuidado en su negocio, dijo a Gandalín:

—Ve, di a don Cuadragante que yo me salgo de la villa, y que pues esto es despachado, que será bien que nos vamos sin ver al rey Lisuarte.

E luego fué por la calle hasta que llegó a la puerta de la villa por donde había entrado, e fizo cabalgar la gente que con él iba, e él cabalgó en su caballo. El rey Lisuarte, como tan presto vió el socorro de su vida e sus enemigos muertos e destrozados, estaba de tal manera que no sabía qué decir, e llamó a don Guilán, que cabe sí tenía, e díjole:

—Don Guilán, ¿qué será esto, o quién son éstos que tanto bien han hecho?

—Señor —dijo él—, ¿quién puede ser sino quien suele? No es otro sino Amadís de Gaula, que bien oístes cómo nombraban su apellido, e bien será, Señor, que le deis las gracias que merece.

Entonces el Rey dijo: