—Pues id vos adelante, e si él fuere, deteneldo, que por vos bien lo hará, e yo luego seré con vos.

Estonces fué por la calle, e cuando don Guilán llegó a la puerta de la villa, luego supo que era Amadís, e ya había cabalgado e se iba con su gente, que no quiso esperar a don Cuadragante porque lo no detoviese, e don Guilán le dió voces que tornase, que estaba allí el Rey.

Amadís, como lo oyó, hobo gran empacho, que conoció muy bien aquel que lo llamaba, a quien él preciaba mucho e lo amaba; e vió al Rey cabe él estar, e volvió, e cuando fué más cerca miró al Rey, e tenía todas las armas despedazadas y llenas de sangre de sus feridas, e hobo gran piedad de así lo ver; que aunque su discordia tan crecida fuese, siempre tenía en la memoria ser éste el más cuerdo, más honrado e más esforzado Rey que en el mundo hobiese: e como fué más cerca descabalgó del caballo, e fué para él, e fincó los hinojos e quísole besar las manos, mas él no las quiso dar, antes lo abrazó con muy buen talante e lo alzó suso, lo tomó por la mano e díjole:

—Señor, bien será, si a vos ploguiere, que demos orden de descansar e folgar, que bien nos hace menester. Amadís le dijo:

—Señor, sea la vuestra merced de nos dar licencia porque nos podamos con tiempo tornar yo y estos caballeros al rey Perión, mi señor, que con toda la otra gente viene.

—Por cierto esa licencia no vos daré yo; que aunque en virtud ni esfuerzo ninguno os pueda vencer, en esto quiero que seáis de mí vencido, y que aquí esperemos al Rey vuestro padre; que no es razón que tan brevemente nos partamos sobre cosa tan señalada como agora pasó.

—Así se haga como lo mandáis —dijo Amadís.

Entonces mandaron a la gente que descabalgasen e pusiesen los caballos por aquel campo, e buscasen algo de comer.

Poco después vieron venir las batallas de la gente que el rey Perión traía, que venían a más andar. El rey Lisuarte demandó un caballo e dijo al rey Cildadán que tomase otro y que irían a rescebir al rey Perión.