Amadís le dijo:

—Señor, por mejor habría, si por bien lo tovierdes, que descanséis y curen de vuestras feridas, que el Rey mi señor no dejará de venir su camino hasta vos ver.

El Rey le dijo que en todo caso quería ir. Entonces cabalgó en un caballo, y el rey Cildadán e Amadís en los suyos, e fueron contra donde el rey Perión venía. Amadís mandó a Durín que pasase adelante dellos e hiciese saber a su padre la ida del rey Lisuarte. Así fueron, como oídes, e muchos de aquellos caballeros con ellos, e Durín andovo más y llegó al Rey e díjole el mandado de Amadís; y él tomó consigo a varios caballeros e llegó al rey Lisuarte, e como se vieron, salieron entrambos adelante el uno al otro, e abrazáronse con buen talante, e cuando el rey Perión le vió así llagado e mal parado, e las armas despedazadas, díjole:

—Paréceme, buen señor, que no partistes del real tan mal trecho como agora vos veo, aunque allá vuestras armas no estovieron en las fundas, ni vuestra persona a la sombra de las tiendas.

—Mi señor —dijo el rey Lisuarte—, así tove por bien que me viésedes, porque sepáis qué tal estaba a la hora que Amadís y estos caballeros me socorrieron.

Entonces le contó todo lo más de la gran afruenta en que había estado. El rey Perión hobo muy gran placer en saber lo que sus fijos habían fecho con la buena ventura e honra tan grande que dello se les seguía, e dijo:

—Muchas gracias doy a Dios porque así se paró el pleito, e porque vos, mi señor, seáis servido e ayudado de mis fijos y de mi linaje; que, ciertamente, como quiera que las cosas hayan pasado entre nosotros, siempre fué y es mi deseo que os acaten e obedezcan como a señor e a padre.

CAPÍTULO SEXTO

LAS BODAS

En cuanto Lisuarte sanó de las heridas en aquella ocasión recibidas, reuniéronse en la Ínsola Firme las familias de todos aquellos reyes, con gran cortejo de damas y caballeros, para celebrar no sólo las bodas de Oriana y Amadís, sino las de don Galaor con la hermosa reina de Sobradisa, Briolanja; las del nuevo emperador de Roma con Leonoreta, hija segunda del rey Lisuarte; las de Agrajes, Melicia, Mabilia, y en general de gran número de caballeros y doncellas de los que habían vivido en torno a Oriana y Amadís, entre los cuales había repartido éste, poco antes de aquel día, los grandes estados ganados en la última guerra, sin reservar otra cosa para sí que el señorío de la Ínsola Firme, que, como bien sabemos, de antes poseía. También Urganda la Desconocida habíase presentado inopinadamente, en una sierpe de fuego, para ser testigo de las bodas de su caballero favorito.