680. Nunc igitur, quoniam certissima corpora quædam...

Ahora, pues, si los elementos simples conservan siempre su propia naturaleza y forman diferentes cuerpos, no por su distinta esencia, sino por las combinaciones que constituyen, preciso es afirmar que tales elementos de los cuerpos no son de fuego, ya se junten ó se retiren ó se disgreguen ó se muden sin faltar al orden; si la base primordial fuese fuego, nada más que fuego habría en el mundo. Lo que hay de cierto es, según pienso, que existen en la Naturaleza corpúsculos simplicísimos, los cuales por su forma, por sus atracciones, sus movimientos y el orden en que se colocan, producen el fuego y otras muchas cosas más ó menos similares á éste, así como otros cuerpos que no tienen semejanza alguna con aquél y aun algunos que pueden emitir emanaciones que afecten á nuestros sentidos ó que exclusivamente nos son conocidas por relación de tactilidad.

695. Dicere porrò ignem res omnes esse, neque ullam...

Decir, por tanto, que del fuego proceden todos los seres y que no existe cosa alguna independiente de ese origen, es caer en un delirio que nuestra inteligencia rechaza como contrario á las pruebas que nos da el testimonio de nuestros sentidos; y admitir como primordial materia el fuego porque se cree conocerlo perfectamente, y recusar al mismo tiempo la existencia de otros seres que con suficiente claridad se muestran ante nosotros, me parece inconsecuencia y error grave. Para conocer la verdad, ¿qué mejor guía que nuestra razón auxiliada por los sentidos, los cuales nos hacen distinguir lo falso de lo verdadero y nos dan principio de certeza? Además, ¿por qué hemos de negar la existencia de todas las cosas y admitir solamente la del fuego, ó negar que éste exista y dar como reales solamente los demás cuerpos? Parece que afirmar cualquiera de estos dos extremos es incurrir en igual demencia.

712. Quapropter qui materiem rerum esse putarunt...

Así, los que han afirmado que el conjunto del Universo tiene su fundamento en el fuego y los que han entendido que en el aire se encuentra el origen de todos los seres, lo mismo que aquellos otros que han sostenido que en el agua reside el principio creador, ó bien que la tierra puede germinar todas las cosas ó determinarse en las infinitas diferenciaciones corpóreas existentes, según mi parecer, todos han caído en grave error, no menos que aquellos otros que suponen combinaciones dualísticas formadas con los elementos de todas las cosas, y al fuego juntan el aire, y á la tierra el agua; y también, por último, los que entienden que de esos cuatro materiales, fuego, tierra, aire y agua se han podido producir todos los seres.

723. Quorum Acragantinus cum primis Empedocles est.

Entre aquellos pensadores cumple colocar primero á Empedocles, nacido en Agrigento, isla famosa en triángulo cortada, á la que cercan azuladas ondas del mar Jónico y adornan con sinuoso regazo rocas salpicadas de reluciente sal; separada por canal estrecho y tortuoso de los promontorios de la tierra de Italia, oye el rugir de la espantosa Caribdis y siente el tremer del ruidoso Etna que, irritado, amenaza acumular en sus entrañas materiales de fuego y de aluvión hirviente para lanzar después, con fiero arrojo, de sus hórridas fauces, encendidas lavas cuyos fulgores en espiral lleguen al cielo; región admirable llena de prodigios, fecunda en bellezas contempladas con extático embeleso por la humana especie, enriquecida con dones copiosos naturales, guardada por varones esforzados, nunca produjo nada más grande y excelente que este filósofo, cuyos versos patentizaron su divino genio y le acreditaron de investigador conspicuo que parecía imposible fuera hijo de mortales.

741. Hic tamen et superà, quos diximus, inferiores...

Este, sin embargo, y otros muchos ya citados que aunque egregios le son inferiores y varios que menos renombre han obtenido, hicieron públicas útiles averiguaciones por su genio desentrañadas, más divinas, más santas y mucho más conformes con los dictados de la razón que los oráculos de la Pitonisa coronada con hojas de laurel y apoyada en el trípode apolónico; pero todos erraron al discurrir acerca de la naturaleza de las cosas, porque no supieron salvar un escollo que ha sido causa de varios naufragios.