1098. Multaque post Mundi tempus genitale, diemque...

Después del génesis del Mundo y del día de la creación de mar y tierra, formado ya el Sol, quedaron en torno de aquél muchos elementos surgidos del Todo universal que los contenía: de ellos el mar y las tierras obtuvieron sucesivo aumento, el espacio se embelleció con el templo del cielo cuyos elevados techos están situados muy lejos de la tierra, y se originó la circulación del aire. Los elementos, por la acción de sus atracciones y repulsiones, se reparten por todos sitios, y se juntan entre sí los que son de la misma especie: los propios del agua al agua; con adiciones de tierra la tierra aumenta; el fuego se aviva con el fuego; el éter con el éter, hasta que la Naturaleza, creadora siempre, haya elevado el crecimiento á su límite normal; y cuando se dé el caso de que en las corrientes de la vida, plenamente ocupadas, no puedan tomar curso nuevas adiciones, habrá proporcionalidad entre las restituciones y las pérdidas: en el apogeo de la vida la Naturaleza habrá de restringir sus fuerzas productoras.

1115. Nam quæcumque vides hilaro grandescere adauctu...

Y los cuerpos que ves llegar á su madurez con paulatino é incesante crecimiento se asimilan más que gastan, porque el producto de las substancias alimenticias circula en ellos sin obstáculo por las venas y los vasos, en tanto que los poros no se dilatan cuanto sería necesario para que dichos cuerpos sufrieran grandes pérdidas; es indudable que éstas siempre existen, pero el ser las repara fácilmente mientras que no llega al término del crecimiento. Desde que alcanza esa altura, empieza á descender y poco á poco el vigor se le agota y las fuerzas se le extinguen: cuanta más extensión ocupe un cuerpo vivo que haya tocado la meta del regular desarrollo, mayores pérdidas ha de experimentar: ya el jugo de las substancias nutricias no circula bien por sus venas; ya le es insuficiente la alimentación; ya la Naturaleza no renueva en aquel ser las fuerzas que el mismo consume diariamente; entonces el cuerpo debe perecer porque lentamente ha disminuido en densidad todo lo que ha perdido en emanaciones, y de este modo ha entibiado la energía de la vida: los seres en la vejez no pueden suplir lo que les falta, y abatidos, incapaces para resistir los choques de todos los cuerpos que giran á su alrededor, necesariamente sucumben.

1138. Sic igitur magni quoque circùm mœnia Mundi...

Así, combatido por todos lados, el edificio del Mundo quedará alguna vez destruido; porque si bien no cesará de improviso la renovación de los medios que sirven para rehacer y sustentar los seres, como las corrientes de la vida poco á poco dejarán de recibir los recursos que enriquecen su caudal, porque la Naturaleza extinguirá los manantiales tributarios, los siglos morirán por consunción. Observemos que hoy la Tierra mantiene animales exiguos, cuando en el principio de la vida organizada creó individuos corpulentos, razas fuertes; pensemos también que las actuales especies no descenderían de los espacios por dorada cuerda ni serían producidas por los mares que baten con furor las rocas; la Tierra pudo antes crearlas y ahora sólo puede sostenerlas; espontáneamente hacía surgir del suelo tallos de doradas mieses, sonrientes viñas que utilizaban los mortales, viciosos pastos y sabrosas frutas; pero hoy esos vegetales, para dar buenos productos, exigen el auxilio del trabajo nuestro: los bueyes sufren bajo el peso del arado; los agricultores consumen sus fuerzas en la ruda tarea de labrar los campos; las cosechas disminuyen, los esfuerzos aumentan: el viejo campesino apenado considera la esterilidad de sus continuadas fatigas, compara los tiempos actuales con los pasados y envidia la fortuna que disfrutaban sus abuelos; refiere que en aquellos remotos días los hombres respetaban lo ajeno y estaban satisfechos con el producto de sus terrenos, que aunque muy reducidos, producían abundosos frutos. Lo que ese humilde labrador no ve, es que todo cuanto existe consume lentamente su propio vigor, hasta que extenuado se pierde en el piélago de la decrepitud.

1167 á 1181. Quæ bene cognita si teneas, Natura videtur...

Si de estas verdades te penetras, considerarás desde luego á la Naturaleza como libre del dominio de soberbios señores, gobernada por sí propia, y de númenes completamente desligada. ¡Oh, dioses que en dulce paz vivís con tranquila, sosegada calma! ¿cuál de vosotros rige el Universo y sustenta en su mano vigorosa el poder moderador de todo cuanto existe? ¿cuál gobierna los espacios siderales? ¿cuál hace fructíferas las tierras con la mediación de fenómenos etéreos y provee oportunamente en todos sitios á la vida? ¿cuál extiende las tinieblas, condensa las nubes, desata las tempestades y fulmina rayos que muchas veces destruyen vuestros mismos templos y con frecuencia recorren extensiones dilatadas en la que dejan ilesos á muchos malvados y matan á hombres virtuosos no merecedores de tan fatal desastre[28]?

[28] En todas las antiguas ediciones del poema de Lucrecio este pasaje aparece en otro lugar del mismo canto segundo; pero el traductor ha creído que Lagrange estuvo muy acertado al colocarlo en este sitio, de donde tal vez lo separaron en tiempos remotos copistas poco expertos.