Cuando podemos comprobar que el entendimiento y el cuerpo que en enfermedad caen se curan por la Medicina, tenemos que reconocer que ese hecho da testimonio de la condición mortal del ánimo, el cual, si experimenta modificaciones, ha de estar sujeto á pérdidas y aumentos como todas las demás substancias que pueden cambiar; pero lo que es inmortal no es susceptible de alteraciones, porque si alguna vez dejara de ser lo que antes ha sido, ó perdiera la más mínima parte de su estructura, al traspasar los límites de su naturaleza, podría también llegar hasta la muerte; luego el ánimo ya padezca ó ya sea curado con auxilio de la Medicina, como perecedero se nos muestra en ambos casos. De esta manera la verdad combate los sofismas, cierra el camino á todo subterfugio y con razonados argumentos alcanza victoria sobre los errores.

Muchas veces presenciamos la muerte lenta de un hombre cuyos miembros pierden poco á poco la sensibilidad; primeramente quedan lívidas sus extremidades inferiores; después la muerte, desde los piés se apodera de las piernas; luego sube, avanza y en todas partes deja las señales de su letal aliento. Como el alma, por su naturaleza, no existe reducida á un lugar sino se halla en todo el cuerpo, ante la consideración del caso precedente, debe calificarse de mortal, porque si piensas que puede refugiarse y encogerse en órganos que no están invadidos por la destrucción que adelanta, habrías de admitir que las sensaciones se acumulan en aquellos puntos donde las energías anímicas se concentran; pero como nada que autorice esta suposición se ha observado hasta ahora, hay que reconocer que el alma queda lacerada en los miembros dañados, y, por consiguiente, es víctima de la muerte; pero aun en el caso de que el alma pudiera replegarse para huir de los miembros atacados, deberíamos también considerarla mortal, porque, en definitiva, lo mismo importa que perezca dispersada en los aires ó encogida en una masa. De todas maneras, siempre resulta que para el hombre las sensaciones poco á poco se extinguen y la vida poco á poco se consume.

548. Et quoniam mens est hominis pars una, locoque...

El entendimiento forma parte del hombre, y en la constitución de éste ocupa lugar determinado, como los oídos, los ojos y los demás órganos que ejercen funciones propias en circunstancias dadas para el cumplimiento de las leyes de la vida. Así como no sería posible que las manos, la nariz y los ojos gozaran de sensaciones separados del cuerpo correspondiente, sino que en este caso, corrompidos caerían en disolución, así también el ánimo no puede tener existencia real fuera del cuerpo en que está contenido; aunque más exacto fuera decir que el ánimo y el cuerpo forman una sola substancia que mutuamente se integran.

En fin; el cuerpo y el alma viven en cuanto están unidos: alma sin cuerpo, aun admitida la suposición de que pudiera existir, no produciría las sensaciones de la vida; y cuerpo sin alma carece de energías y de movimientos voluntarios: si de la órbita queda separado el globo ocular, no servirá para la función de ver; igualmente el alma y el ánimo por sí mismos nada son, porque sus partes componentes se hallan distribuidas por las vísceras, venas, huesos y nervios, están adaptadas al cuerpo adecuadamente constituido, y no pueden vivir independientes: si la actividad anímica y el cuerpo rompieran sus antiguas relaciones, se dispersarían y no podrían volver á la vida; pero inmediatamente después que el alma se aleja del cuerpo, los principios formativos de una y de otro disueltos quedan: si el alma pudiera ser en el aire como era antes en un cuerpo organizado, también funcionaría en el aire y éste llegaría á ser animado. Cuando en los aparatos de los animales hay algún desequilibrio, sobreviene la espiración del aura vital y se extinguen la sensación del ánimo y la actividad del alma, sensación y actividad que son dos efectos dependientes de una misma causa.

580. Denique cùm corpus nequeat perferre Animai...

Además, es un hecho que no puede soportar el cuerpo la ausencia del alma: inmediatamente que ésta falta, aquél presenta pestilenciales síntomas de próxima descomposición: ¿es posible dudar de que la vitalidad anímica escapa, y en el espacio se desvanece como el humo? La alteración que sufre todo cuerpo vivo cuando es alcanzado por la muerte, ¿no es claro indicio de que el alma, fundamento de la vida, en un momento descompuesta, huye por todos los poros y conductos del cuerpo? Debes declarar que son muchas las pruebas de que deshecha la estructura del alma, sus elementos se ausentan del cuerpo y disgregados se confunden en las auras etéreas.

Frecuentemente el alma, sacudida por violencias extrañas y aun dentro de las condiciones ordinarias de la vida, conmueve los órganos y parece que va á abandonar repentinamente el cuerpo: una extrema languidez altera el semblante como si la muerte fuera inmediata; una debilidad excesiva se apodera de los miembros que amenazan con una inminente dislocación; los sentidos suspenden sus funciones; las fuerzas del organismo carecen de suficiente energía para mantener los lazos de la existencia; el ánima y el ánimo perturbados, parecen próximos á perecer, y positivamente dejarían el cuerpo si el choque experimentado por ellos adquiriera alguna mayor violencia. Y si convulsiones y trastornos tales sufre el alma dentro del cuerpo, ¿cómo puedes pensar que fuera de él y confundida en el inmenso espacio, sea capaz de resistir los embates exteriores y vivir, no ya perpetuamente, sino un solo instante?

607. Nec sibi enim quisquam moriens sentire videtur...

No parece que el moribundo note que el alma se le escape íntegra del cuerpo, ni que le suba por el tubo aéreo hasta la faringe, sin duda porque la parte existente en cada órgano en él se extingue, como desaparece la actividad de todos los sentidos en la misma región donde se manifiesta; pero si fuera inmortal nuestra potencia de conocer, al desprenderse del cuerpo inspiraría alborozo y no tristeza al moribundo, porque gozaría de verse libre de la vestimenta que la había envuelto, así como la serpiente se alegra al dejar la piel que la cubre ó como el venado se regocija cuando pierde las viejas astas.