Para que un cuerpo subsista eternamente es necesario, ó que sus componentes sean por completo sólidos y resistan el choque, la penetración y la disociación producidos por otros cuerpos, como sucede á los elementos de la materia, de los cuales con extensión hemos tratado anteriormente, ó que no sea susceptible de choques, como el vacío, que permanece siempre intacto y nunca puede ser destruido, ó, por último, que no esté rodeado por un espacio al que sean lanzados sus fragmentos; de esta manera última es eterna la Suma de las sumas, fuera de la cual no hay nada que pueda alterarla ó disolverla, ni lugar en que se disipe, ni agentes que la disminuyan ó quebranten. Pero, como ya he demostrado, el alma no tiene solidez absoluta, porque en todas las concreciones hay que admitir intersticios; ni tiene las condiciones del vacío, porque hay en la Naturaleza otros cuerpos que pueden producir trastornos en su composición y rodearla de invencibles peligros; existe, además, un espacio infinito donde la energía anímica puede anularse y los elementos del alma pueden ser precipitados á la disolución. Luego para el alma no están cerradas las puertas de la muerte.
829. Quod si fortè ideò magis inmortalis habenda est...
Si por acaso fuera considerada inmortal porque resguardada se encuentra de agentes exteriores que intenten combatirla, ó porque no puede ser directamente atacada, y si lo fuera podría rechazar el golpe antes de ser herida, el que así pensara se colocaría en una posición muy distinta de la verdad. Además de las dolencias que afligen al cuerpo y que interesan al alma, ésta sufre amarga incertidumbre por los sucesos futuros que le producen no pocos sobresaltos, y tiene remordimientos por los errores cometidos en épocas pasadas: añade el delirio, que es propia enfermedad del alma, la falta de memoria y el terror de ser arrojada en las negras ondas del letargo.
Nada es la muerte y nada nos importa desde que se considera inmortal la naturaleza del alma; y así como no sufrimos ahora por los padecimientos pasados en el tiempo ni por motivo de las luchas sostenidas con los invasores cartagineses en las guerras que con hórrido tumulto hicieron estremecer hasta á los astros, y mantuvieron en espectación al mundo, que dudaba acerca de cuál de los dos pueblos había de dominarlo por mar y tierra, así también, cuando la vida se haya extinguido en nosotros por la separación del alma y del cuerpo, nada tendrá influencia sobre nosotros, ni causa alguna despertará nuestras sensaciones aunque se confundan la tierra con el mar y el mar con el cielo.
854. Et si jam nostro sentit de corpore, postquam...
Y si después de separados de nuestro cuerpo el ánimo y la actividad anímica aún conservaran la facultad de sentir, nada podría importarnos ese hecho, supuesto que somos producto de íntima unión constituida por el cuerpo y el alma. Si transcurrido algún tiempo después de nuestra muerte pudieran volverse á unir del modo que ahora lo están nuestras partes integrantes, y por segunda vez nos fuera dada la luz de la vida, tal suceso en nada podría afectarnos por haberse interrumpido la continuidad de nuestra existencia. Nada que nos haya pasado antes de que tuviéramos conciencia de nosotros mismos, puede importarnos, como no debe afligirnos preocupación alguna por lo que hagan de nuestros restos las futuras generaciones. Si meditamos acerca de las mudanzas y movimientos que indudablemente ha experimentado la materia durante una serie de pasados siglos, habremos de convenir en que los elementos pueden haberse combinado en otras ocasiones lo mismo que lo están hoy; pero la memoria no puede conservar recuerdos acerca de esos cambios por las pausas que ha habido en la existencia y por los distintos movimientos extraños á las sensaciones á que pueden haber estado sometidos los elementos del alma. La muerte exime y libra de todo sufrimiento á aquel individuo que sin duda habría de padecer cualquier daño en el supuesto de que viviera dentro de algún tiempo como ahora vive. Debemos considerar, por tanto, que en la muerte nada hay que nos inspire legítimo temor, porque no puede sufrir quien no existe; y para el efecto de las sensaciones no hay diferencia entre el objeto que nunca ha sido capaz de tenerlas, y el ser á quien la muerte eterna salvó de mortal vida.
882. Proinde ubi se videas hominem indignarier ipsum...
Cuando veas que un hombre se indigna al considerar lo que hagan de él después de muerto, porque teme que su cadáver sea arrojado á un pudridero ó consumido por las llamas ó devorado por las fieras, lícito ha de serte suponer que no habla con sinceridad y que en el corazón abriga ciertas preocupaciones, aunque niegue creer que alguien sienta después de muerto. Opino que no dice lo que piensa, porque entiendo que el tal individuo, si habla de su muerte con temores, es porque se figura que asiste á ella, que una parte de su propio ser le sobrevive, que su cadáver se destina para pasto de las fieras voladoras ó de las vivíparas, que se apena de sí mismo, que no se resuelve á desprenderse definitivamente de sus restos, ante los cuales él mismo en posesión de su juicio se encuentra colocado, y se indigna por haber sido creado mortal; se considera de pié junto á su propio cadáver, y sin pensar en que la muerte no deja otro él existente, deplora su desaparición, y llora y se queja herido por el dolor. Desagradable juzgan muchos la idea de ser devorado por las fieras; pero no comprendo que se considere mejor el ser quemado por las voraces llamas que rodean el cuerpo yacente, ó ser envuelto en miel, ó congelado por el frío, ó encerrado en sepulcro marmóreo, ó ser comprimido por montón de tierra apisonado.
906. At jam non domus accipiet te læta, neque uxor...
Pero ya familia alegre y excelente esposa no saldrán á recibirte, ni cariñosos hijos correrán á buscar tus besos y á inflamar tu pecho con mal contenido placer; ya no podrás realizar empresas gloriosas para ti y para las personas de tu amor: «infeliz, ¡oh infeliz! dirán, un solo día infesto destruyó los goces de tu vida,» y no añadirán á esas palabras «pero también te libró de una vez de toda clase de pesares;» porque si meditaran libres de prevenciones y reflexionaran acerca de lo que piensan, desterrarían toda congoja del ánimo y todo miedo. Sin duda alguna, cuando yazgas inanimado por la muerte estarás exento, para toda eternidad, de dolores y pesares; pero nosotros, junto á ti, aun después de convertido en cenizas, verteremos tristes lágrimas y abrigaremos en el pecho para siempre la pena que nos devore. Pero hay motivo para preguntar: ¿qué es lo que en este suceso hay de amargo para el que muere, si queda reducido á quietud y puede consumirse en el tiempo que dure el luto de sus parientes y deudos?