Muchas veces en los festines, los comensales, recostados, con las copas levantadas y con la frente oculta por las coronas, exclaman: «Breve es la dicha del pobre hombre, y cuando se marcha no es posible hacerla volver.» Tal vez les amargará lo dulce de aquel momento la idea de la muerte, con las ansias de ardiente sed que les devore y les abrase, ó con algún otro deseo que les atormente.

Cuando la inteligencia y el cuerpo entregados al sueño descansan, nadie de sí cuida ni de su existencia: de igual modo, cuando eterno sueño nos subyugue ningún deseo nos ha de volver á atormentar; pero los elementos de las sensaciones, aun cuando en el sueño se hallan detenidos, no se disuelven y pueden funcionar nuevamente. La muerte es todavía menos que el sueño, si es que se puede llamar menos que algo lo que nada es. Á la muerte sigue la disolución de la materia; y por esa causa nadie que haya sido asaltado por el frío intenso que sigue á la desaparición de la vida, ha vuelto á despertar.

943. Denique si vocem rerum Natura repente...

En suma, si la Naturaleza emitiera voz inteligible y de este modo se expresara: «¿Por qué te entregas, mortal, con tanto exceso al dolor y á la aflicción? ¿por qué gimes y lloras ante la idea de la muerte? Si hasta ahora te ha sido grata la vida y los placeres para ti no se han perdido como si hubieran sido puestos en vaso taladrado y se hubieren extinguido ó escapado fácilmente, ¿por qué no te separas de la vida como convidado satisfecho, y por qué, necio, no te entregas con ánimo tranquilo al reposo? Y si los placeres que pudieras tener ya se han extinguido y la vida sólo te proporciona sinsabores, ¿por qué deseas aumentar tus días que te producirán nuevos disgustos, y al cabo concluirán sin hacerte ningún bien, y por qué no anhelas el fin de la vida que será también el término de tus trabajos? Considera que desde ahora en adelante, por mucho que me esforzara, nada encontraría que te proporcionara placer, porque las cosas siempre son las mismas. Si tu cuerpo ha resistido el desgaste de los años y tus miembros aún no vacilan, también deberás pensar que las cosas continuarán siempre lo mismo, aunque vivas largos siglos y aunque nunca mueras,»—¿qué responderíamos, sino que era justa la demanda interpuesta por la Naturaleza y fundado el motivo de sus palabras?

Pero si fuera un desdichado el que se lamentara de la llegada próxima de la muerte, ¿con cuánto mayor motivo y con cuánta mayor dureza no le podría decir llena de indignación: «Oculta esas lágrimas, hombre insaciable, son inútiles tus quejas?» Y si fuera un anciano rendido bajo el peso de la edad el que temiera la muerte, la Naturaleza podría decirle: «Has gustado todos los placeres, ¿y todavía te quejas? Tu inmoderado afán por despreciar lo que posees y desear lo que no tienes ha mermado en la mitad los goces que has podido tener en la vida, y ahora te alcanza la muerte antes de que tu avidez quede satisfecha: lo que ya en turno has disfrutado en tu larga edad, déjalo para que lo usufructúen los que vienen detrás de ti en la vida; es necesario.»

Con razón, según pienso, con razón hablaría, acusaría y reprendería de este modo la Naturaleza. La vejez, decrépita, cede siempre el paso á la juventud: los seres á costa los unos de los otros se suceden. Nada se pierde en los profundos abismos del Tártaro; la materia de hoy es necesaria para el advenimiento de las generaciones futuras; y éstas pasarán muy pronto, como aquélla no tardará en seguirte: los seres que ahora son perecerán de igual modo que sucumbieron los que gozaron antes de la vida: cada ser nace de otro y á ninguno es dada la vida á perpetuidad.

984. Respice item quam nil ad nos anteacta vetustas...

Reflexiona, además, cuán nula es para nosotros la edad pasada antes de nuestro nacimiento. La Naturaleza nos muestra en lo que ha existido hasta ahora lo que será en lo sucesivo: ¿y qué encontramos de horrible y de triste en la muerte de los que fueron? ¿no es, por acaso, un sueño muy tranquilo?

Todos los tormentos, sin excepción alguna, de los que se dice que son propios del profundo Aqueronte, á esta nuestra vida real pertenecen. El mísero Tántalo que teme ser aplastado por masa enorme suspendida en el aire, según la fábula, en su vano temor que le agobia representa á los hombres necios que, aterrorizados, atribuyen á los dioses todo lo que es obra del acaso[37].

[37] También refiere la fábula que Tántalo (personificación de la perfidia) fué sumergido hasta la barba en un lago, á cuyas orillas había árboles de frutas deliciosas; tanto las aguas del lago como las frutas huían de Tántalo, cuando éste, sediento ó con hambre, pretendía utilizarlas.