No hay Ticio yacente[38] en las orillas de un río del infierno, y no hay buitres que le coman constantemente las entrañas: habían de ser éstas de un tamaño suficiente para cubrir toda la tierra y ocupar la inmensidad del espacio, y no serían bastantes para servir de pasto durante la eternidad á aquellas insaciables fieras aladas; ni puede ser interminable el dolor, ni cuerpo alguno puede servir de inacabable alimento. Pero en realidad, Ticio es imagen de aquellos á quienes amor tiraniza, ansiedades atormentan y pasiones devoran.

[38] Ticio (el fatuismo), hijo de Júpiter (el poder) y de Elara (la coquetería), según los poetas estaba condenado á que los buitres (las pasiones) le picotearan perpetuamente las entrañas, por haber galanteado á Latona (la vanidad) madre de Apolo (el ritmo) y de Diana (la caza).

1007. Sisyphus in vitâ quoque nobis ante oculos est...

Ante nuestros ojos tenemos también la alegoría de Sísifo, aplicable á aquellos que resuelven pedir al pueblo los haces y las cortantes segures[39], y siempre tienen que retirarse tristes y desairados. Solicitar honores que en rigor nada valen, pero cuya consecución es muy difícil, es lo mismo que luchar esforzadamente por llegar hasta la cumbre de una montaña, cargado con una piedra enorme, que siempre, al ser acercada á la cima se resbala, y después de recorrer el inclinado plano del monte, con la violencia adquirida rueda por la llanura.

[39] Alude á los haces de varas con segures, que llevaban los lictores encargados de preceder á los magistrados.

Satisfacer todas las exigencias del deseo; dar al ánimo cuantiosos dones, sin conseguir nunca dejarlo saciado; gozar los frutos y aprovechar los beneficios de las estaciones anuales que en rueda se nos presentan alternativamente, sin que basten á contentar los caprichos, todo esto se me figura que está representado en las Doncellas, de las cuales se cuenta que en su florida edad se ocupan en llenar de agua vasos que no tienen fondo, y nunca logran su objeto.

El Cerbero, las Furias y el obscuro Tártaro, cuyas fauces despiden espantosas aceleradas llamas, nunca han existido ni pueden existir. Como consecuencia de los crímenes perpetrados y de las maldades hechas, aquí, en la vida, el malvado padece temores y castigos; la cárcel, la horrible pena de ser arrojado á un precipicio desde alta roca, los azotes, los verdugos, la flecha, la pez, la tea; y si para el criminal faltasen aquellos suplicios, la propia conciencia, que hasta las intenciones penetra, se encargaría de castigarlo. Si á todas las aflicciones ordinarias se juntan las preocupaciones que infunde la inseguridad en una vida posterior, el desconocimiento de los males que se padecen y el temor de que éstos puedan ser aumentados con la muerte, bien puede afirmarse que la vida es verdadero infierno de los necios.

1036. Hoc etiam tibi tute interdum dicere possis...

Sin vacilar, tú mismo puedes reconvenirte del siguiente modo: «Anco el bueno[40] que fué mejor que tú, malvado, en muchas cosas, cerró sus ojos á la luz; todos los reyes y potentados que en otros tiempos gobernaron á muchas gentes sucumbieron á pesar de su poder: aquel mismo que en remotos días supo atravesar los mares y enseñó á sus legiones á pasarlos sin riesgo, y salvó en la obscuridad los abismos de las aguas y despreció los estruendos del Océano[41], también murió por la separación del alma y el cuerpo: Escipión, rayo de la guerra, terror de Cartago, entregó sus huesos á la tierra, lo mismo que el más vil de sus esclavos: los investigadores de las ciencias, los ordenadores de las artes, y los compañeros de las Musas, entre los cuales Homero lleva el cetro, en sueño eterno reposan: Demócrito, cuando advirtió que su inteligencia se debilitaba por el natural efecto de la edad, voluntariamente rindió su cabeza á la muerte: el mismo Epicuro, aquel que por su genio superó á todos los individuos de la raza humana, y como brillante Sol eclipsó todas las estrellas que en el cielo del saber hasta su época habían lucido, también llegó al término de la vida. ¿Y tú, asustado y temeroso, te indignas porque tienes que morir, cuando tu vida es una lenta agonía? ¿Pues no consumes una parte de tu existencia en el sueño? Y aun despierto, ¿no sueñas muchas veces, y en otras tampoco dispones de tu inteligencia perturbada con preocupaciones? ¿Cómo quieres vivir si no sabes hallar, desdichado, los motivos de los males que te rodean, y cuando la incertidumbre y los prejuicios te oprimen el ánimo que vacila entre errores?»

[40] Anco Marcio, cuarto rey de Roma (hace 2530 años).