[41] Jerjes I, rey de Persia (hace 2380 años).

1065. Si possent homines, proinde ac sentire videntur...

Si los hombres pudiesen conocer el origen de sus desdichas, no sufrirían en el ánimo la abrumadora pesadumbre, que oprime su pecho. Cada cual procura distraerse, y entre agitaciones y afanes vive con inquietud, ignora lo que desea, no sabe lo que busca, y como si quisiera librarse de sus propias preocupaciones, incesantemente cambia de sitio aunque no encuentra el que le sirva para deponer su carga.

Uno abandona su palacio suntuoso porque no halla en él tranquilidad, é inmediatamente regresa porque no se considera lejos de su casa más feliz que en ella; otro corre á una quinta de su propiedad con la precipitación que llevaría si fuera á apagar un incendio, y apenas pasa los umbrales de su nueva residencia se encuentra incómodo y procura con el sueño olvidarse de sí mismo, ó vuelve con la misma agitación á su habitual morada: parece que todos pretenden huir de su propia persona, y como no lo consiguen se resignan á sufrir sus ansias y desasosiegos: ninguno conoce las causas de su malestar; pero si cada cual pensara con reposo, dejaría preterida toda clase de vanos empeños y buscaría remedio para su desdicha en la investigación de los fenómenos naturales, pues no se trata de arreglar intereses del momento, sino de conocer lo que sea de los hombres después de la muerte y por toda eternidad.

1088 á 1106. Denique tantopere in dubiis trepidare periclis...

Finalmente, ¿por qué el deseo de vivir nos abate con tantos males, y por qué nos hacen temblar tan dudosos peligros? Ciertamente el fin de la existencia, para todos los mortales, ha de llegar, y no es posible evadirse de él ni evitarlo; hay que morir.

Sabemos además que aquí, donde siempre hemos residido, ningún completo goce hemos de tener, aunque se prolongara nuestra existencia, porque siempre nos ha de parecer mejor que lo presente aquello que no tenemos, y después que lo hubiéramos conseguido con el mismo afán desearíamos otra cosa; de este modo, siempre nos ha de abrasar la misma sed de prolongar la vida, y nunca dispondremos de un solo instante en que deje de preocuparnos la suerte futura y el destino que en lo por venir nos aguarda.

Y, por último, no ha de pensarse que la duración de la eternidad sea menor cuanto más vivamos; aunque lográsemos aumentar el número de los días de nuestra existencia, y aunque pudiéramos vivir muchos siglos, siempre nos esperará eterna muerte. Aquél que hoy mismo haya alcanzado el término de su vida, no estará muerto menos tiempo que los que sucumbieron hace ya muchos meses y muchos años.


LIBRO CUARTO