Pero no pienses que en el aire vagan solamente los simulacros que de los cuerpos se desvían; hay también otros que se forman espontáneamente y residen en ese cielo, que es llamado aire, en el cual afectan distintas figuras y no cesan de moverse de muchos modos: son los que forman las nubes que crecen y cambian de apariencias en el cielo, cuya extensión visible muchas veces cubren; en unas ocasiones parecen gigantes que vuelan y poco á poco extienden la obscuridad por todas partes; en otras semejan grandes montes, que de la tierra se desprenden para acompañar al Sol en su curso; y algunas veces se muestran con la forma de bestia feroz, que guía y distribuye las nubes.
140. Nunc ea quam facili, et celeri ratione genantur...
¡Con cuánta facilidad los simulacros de esa clase emanan continuamente de las cosas, y con cuánta rapidez se desvanecen! Unos penetran en cuerpos de condiciones análogas al paño; otros son detenidos por objetos como la madera y las piedras, incapaces para reflejarlos; pero otros simulacros emitidos por seres colocados frente á un espejo ó cuerpo diáfano, lúcido y compacto, si bien no entran en éste como en el paño, tampoco se desvanecen como si estuvieran en presencia de cuerpos opacos y antes de ser reproducidos en imagen, por virtud del fenómeno de la reflexión. Tan pronto como un cuerpo se halla enfrente de una superficie pulimentada, en ésta aparece la efigie de aquél; este hecho, repetido muchas veces, te demostrará que de los objetos se derivan tenues figuras de textura tenue. Luego los simulacros se producen con rapidez incomparable.
Y así como la luz solar en breve tiempo se propaga en el espacio mediante emanaciones innumerables, de igual modo es preciso que los simulacros se emitan incesantemente en todas direcciones para que sea posible que en cualquier sitio donde se coloque un espejo, éste reproduzca la imagen de las cosas que se le presentan, con su forma peculiar y con su propio color.
En ocasiones, cuando el cielo está claro y limpio, de repente la obscuridad reemplaza á la luz, como si todas las imaginadas tinieblas del infierno se hubieran precipitado para ocupar las cavidades celestes; todo lo envuelve noche tempestuosa; ruidos procedentes de las alturas llenan de pavor á los mortales. Pues bien; nadie podrá explicar la relación exacta que exista entre la imagen que se nos muestra y el cuerpo que produce el fenómeno que absortos contemplamos.
211. Quare etiam atque etiam mitti hæc fateare necesse est...
Preciso es declarar con insistencia que esas emanaciones, al ponerse en contacto con nuestros ojos excitan el fenómeno de la visión[45]. Constantemente de ciertos cuerpos se desprenden olores, como de los fluidos surge frío, del Sol calor y de los mares sal que socava los edificios situados en las playas: por el aire vagan siempre muchos sonidos; cuando paseamos por las orillas del mar notamos el gusto á salobre que nos impresiona débilmente; cuando asistimos á la preparación del absintio paladeamos el amargor de esa planta perenne. Luego es indudable que de todos los cuerpos se desprenden mínimas partes que se diseminan por el espacio; no permanecen en reposo, ni pueden ser detenidas en su curso; por su medio experimentamos continuas sensaciones, y en todo caso podemos ver, oir y oler.
[45] Parece que hay contradicción entre lo que ahora sostiene Lucrecio y lo que expuso en los versos contenidos en los números 739 al 852 del canto segundo; pero debe tenerse en cuenta que, según Epicuro, cuya doctrina siguió Lucrecio, para que se efectue el fenómeno de la visión se necesita la concurrencia de dos clases de emanaciones, una procedente de todos los cuerpos y otra de la luz que se mezcla con la anterior.
Además, si en la obscuridad reconocemos por el tacto un cuerpo que antes hubiéramos visto á la luz, deben ser muy semejantes las causas inmediatas del tacto y de la visión; por igual motivo, si en las tinieblas tocamos un objeto de figura cuadrangular y de él adquirimos idea, ¿lo podremos confundir á la luz con otro de distinta forma? Luego la principal causa para la visión la dan las mismas imágenes, sin las cuales no podríamos tener representaciones de las cosas.
234. Nunc ea, quæ dico, rerum Simulacra, feruntur...